1. Tu Mujer Mamándosela a Otro... y Vos Mirando


    Fecha: 02/10/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Sushita Macuk, Fuente: TodoRelatos

    ... fingiendo dolor de cabeza. Me quité la ropa interior en silencio, sintiendo el calor subir por mis piernas. El corazón me latía con fuerza. No sabía cómo iba a terminar todo, pero sabía que no me iba a resistir.
    
    Llegamos a la puerta del hotel. Allí estaba él, esperándome.
    
    Me incorporé, bajé el seguro y abrí la puerta.
    
    —Hola, preciosa —dijo él, mientras se subía como si el auto fuera suyo.
    
    Mi esposo solo miraba por el retrovisor, mudo y sorprendido.
    
    El hombre no pidió permiso. Me besó con lengua, fuerte, mientras su mano entraba por mi vestido y acariciaba mis pechos con fuerza, como si supiera que mi cuerpo ya era suyo. Yo gemí bajito, entre el susto, el deseo y la adrenalina de saber que mi esposo estaba allí, mirando todo.
    
    No llevaba panties. Su dedo se deslizó entre mis labios mojados y lo sintió.
    
    —Estás empapada, mami —me dijo al oído—. Estabas esperándome así, ¿cierto?
    
    Me mordí el labio. No respondí. Solo lo miré.
    
    Se bajó el pantalón y sacó su miembro. Grueso, cabezón, duro. Me tomó de la nuca y me lo acercó a la boca. Mi esposo seguía allí, detrás del volante, viendo todo, sin moverse, sin hablar.
    
    Y yo… yo simplemente abrí la boca y lo recibí.
    
    Su sabor me llenó la boca mientras él me sujetaba de la nuca con firmeza. No era violento, pero sí seguro. Sabía lo que hacía. Mi lengua se movía con ansiedad, con hambre. Mis labios se deslizaban por aquel grosor caliente, y cada vez que lo metía más, yo sentía el pulso de su excitación latiendo ...
    ... contra mi garganta.
    
    —Así, mami… Chúpamelo rico, como la zorrita que eres —me susurraba, jadeando—. Qué boca más deliciosa.
    
    Y yo, entre gemidos ahogados, sentía cómo mi cuerpo ardía. No solo por el acto, sino por la tensión. Porque al frente, en el retrovisor, estaba mi esposo. Quieto. Con el rostro rígido. Pero sus ojos… sus ojos no podían disimular el fuego.
    
    Lo estaba viendo todo.
    
    Y eso me encendía más.
    
    Yo lo había planeado. Sabía que se iba a quedar quieto. Que no se atrevería a detenernos. Que el morbo sería más fuerte que los celos.
    
    Él se mordía los labios. Miraba. A veces apretaba el volante. Otras, se acomodaba como si ya no pudiera con la presión.
    
    Yo seguía, entregada, succionando, besando, jadeando.
    
    El tipo me levantó el rostro con ambas manos. Me obligó a mirarlo. Su miembro entraba hasta donde yo podía, y yo lo recibía con devoción.
    
    —Eres mía ahora mismo —me dijo—.
    
    Y entonces vino. Se vino en mi boca con un gemido fuerte, largo. Un gemido que me recorrió el cuerpo entero. Yo tragué todo, sin soltarlo, sin dejar de lamer. Lo miré a los ojos mientras lo hacía. Me gustaba que me viera así.
    
    Cuando terminé, él me limpió los labios con los dedos y me dio un beso en la frente.
    
    —Me llaman del hotel, reina. En otra ocasión te la meto como quieres.
    
    Y se fue. Así, sin más.
    
    Yo me pasé adelante como si nada. Como si solo hubiéramos hablado del clima.
    
    —¿Qué fue eso? —me preguntó Leonardo, con la voz tensa.
    
    —No lo sé —le respondí, ...