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La alquilo de día y la cojo para mí en las noches
Fecha: 05/10/2026, Categorías: Incesto Sexo en Grupo Sexo con Maduras Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
... sencilla, en la manera sumisa de caminar— se le acercó. Se inclinó, dijo algo al oído del hombre. Me hubiera gustado saber lo que le dijo, pero sí vi el gesto que siguió: una leve inclinación de la cabeza, un movimiento con la mano. Ni siquiera un asentimiento, más bien un permiso dado con la economía de quien no necesita hablar demasiado. Y entonces entró ella, una niña. Irrumpió en el salón sin ropa, sin joyas, sin una sola tela que ocultara su piel clara y sin miedo. Sus ojos no miraban a nadie. Caminaba con la misma dignidad de quien conoce su papel y ya lo ha representado antes. Detrás de ella, cuatro hombres de piel negra. Altos, fuertes, tan callados como la sala en ese instante. No había agresividad en sus rostros, pero sí una especie de potencia contenida, como si esperaran la chispa que encendiera algo más grande que ellos. La niña, de no más de 8 años se detuvo frente al hombre mayor. Bajó lentamente las rodillas, sin que se lo pidieran, sin que él lo indicara. Se quedó así, esperando. Ofreciéndose no solo a él, sino al momento que estaba a punto de empezar. No pude dejar de mirar. Desde donde me encontraba, la escena parecía surgir de un sueño turbio y lento, como esos que uno no recuerda al despertar, pero que dejan una sensación pegajosa en el pecho. Ella, arrodillada aún, había inclinado un poco el torso hacia atrás, los brazos abiertos como si ofreciera su cuerpo al salón entero. Y fue entonces cuando lo noté. Su piel relucía bajo la ...
... luz suave como si estuviera bañada en algún néctar invisible, algún líquido espeso y ámbar que capturaba los reflejos de las lámparas como oro derretido. Su pecho completamente plano brillaba. No sabría decir qué era. Desde la distancia, solo podía suponer: miel, quizás, o algo más raro, más ceremonial. Lo cierto era que parecía haber sido vertido con cuidado, tal vez incluso como parte de un rito. El líquido se escurría desde sus hombros hasta el valle de su inexistentes pechos, bajaba por su abdomen, dejando un camino tibio y brillante. El hombre mayor no dijo nada. No necesitaba hacerlo. Con otro de sus gestos medidos —el más leve movimiento de su mano, como si apartara el polvo de un libro antiguo— dio su consentimiento. Uno de los cuatro hombres dio un paso adelante. No hubo urgencia en su andar. Se arrodilló frente a ella como si lo que estuviera por hacer no fuera un acto carnal, sino uno sagrado. Luego, inclinó el rostro y comenzó a lamerle el pecho, con lentitud su lengua se apoderaba de sus pequeños pezones, siguiendo la línea del líquido como quien traza un mapa con la lengua. Ella cerró los ojos. No suspiró. No tembló. Se quedó inmóvil, como una estatua viva, una figura tallada para ese momento exacto. Yo debía mirar hacia otro lado. Lo sabía. Y sin embargo, no lo hice. Intenté apartar la mirada. No por pudor —esa palabra hacía rato que había perdido sentido allí— sino por instinto, por una especie de alarma sutil que me susurraba que mirar ...