1. La alquilo de día y la cojo para mí en las noches


    Fecha: 05/10/2026, Categorías: Incesto Sexo en Grupo Sexo con Maduras Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30

    ... demasiado podía delatarme, volverme evidente en un lugar donde la discreción era la única moneda que aún tenía valor.
    
    Desvié la vista con torpeza, buscando un refugio que no fuera tan incendiario. Pero lo primero que encontré fue a Erika.
    
    Estaba de rodillas, justo como antes, aunque ahora con una entrega aún más feroz. Su espalda se arqueaba hacia adelante con un ritmo que no era nuevo, era sabio. En su rostro no había esfuerzo, solo maestría. Su boca descendía por la verga del hombre que la guiaba —sí, por su verga, porque otra palabra habría sido demasiado sutil, demasiado mundana— y lo tomaba casi por completo, como si su garganta hubiese sido moldeada para esa tarea exacta.
    
    Deduje, sin querer hacerlo, que llevaba años haciéndolo. Y no por la práctica solamente, sino por la quietud de su alma al hacerlo. Como si allí, con la boca abierta al abismo de otro, encontrara algo parecido a la paz.
    
    Volví a mirar hacia el hombre mayor.
    
    Ya no estaba solo. Uno de los otros hombres de piel oscura se había arrodillado también, esta vez detrás de la niña bañada en miel. La escena seguía desplegándose, lenta como una ceremonia, precisa como un castigo divino.
    
    Los hombres se veían extasiados. No de ese modo agitado y torpe con el que uno imagina el placer en la superficie. No. Había en sus rostros una dicha más profunda, más antigua, como si hubiesen tocado algo que no se toca con la piel, sino con la raíz misma del deseo.
    
    Sus ojos estaban cerrados o entreabiertos, y ...
    ... en ellos se dibujaba algo parecido a la gratitud. Como si la escena que compartían —la niña brillante, la miel, los cuerpos entregados sin pudor— fuera una dádiva, un regalo raro que solo unos pocos eran dignos de presenciar y aún menos de experimentar.
    
    No hablaban. Apenas un susurro escapaba de tanto en tanto, una respiración agitada o un gruñido bajo, contenido, como el de un animal al que no le permiten rugir. Pero en sus gestos había armonía, como si la escena no fuera producto del deseo, sino del acuerdo. Como si supieran exactamente qué hacer, cómo moverse, cuándo avanzar, cuándo detenerse.
    
    Los miraba y sentía una mezcla punzante de asombro, desconcierto… y una punzada de envidia, suave pero persistente, como el aguijón de una abeja que no ha sido vista pero que ha dejado su veneno.
    
    Allí, en medio de la sala, en ese salón donde todo ardía sin llamas, donde la moral se había quedado en la puerta junto a los abrigos, sentí que algo me llamaba. No era Victoria. No era el sexo. Era otra cosa.
    
    Una pregunta.
    
    Uno de ellos comenzó a moverse con más fiereza. No violenta, no bruta, pero sí con una urgencia que no dejaba espacio para la delicadeza. Sus manos tomaron la cintura de la niña con fuerza medida, como quien ha aprendido que el poder puede usarse con elegancia, sin romper lo que se desea.
    
    La penetró en un solo movimiento lento pero sin pausas, no podía asegurarlo aunque si lo sospechaba, analmente. Sus caderas golpeaban con un ritmo creciente, y ella no ...
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