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La alquilo de día y la cojo para mí en las noches
Fecha: 05/10/2026, Categorías: Incesto Sexo en Grupo Sexo con Maduras Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
... cuerpo, más menudo, tenía esa delicadeza que no es debilidad, sino una forma distinta de firmeza. La colocó frente a mí, como si adorara algo que apenas empezaba a conocer. Me miró con ojos grandes, de un gris inesperado, y me rozó apenas, con la yema de los dedos mi verga, como si mi piel pudiera romperse. Su tacto no era como el de Delcy. Era más lento, más tímido en apariencia, pero cargado de una intención que se revelaba con cada nuevo gesto. Gregor seguía ahí. Inmóvil. Presente. Delcy me condujo al cuerpo de su hija con una especie de ternura impaciente. Mientras la niña cogía mi verga con sus dos manos con la impaciencia de alguien que quiere conocer, yo lleve mi mano a su pequeña vagina. Comencé a tocarla suavemente por fuera primero, pero luego mi dedo medio comenzó a pasarse por el medio. Al entrar en ella, sentí que el mundo volvía a recomenzar. Era distinto. Su cuerpo, era una niña, era un lenguaje. Y yo aún no sabía nada. Le metí mi dedo con cuidado, con una mezcla de deseo y reverencia, y ella me respondía con la extrañeza de sentirse invadida. La habitación tenía un silencio extraño, lleno de respiraciones cruzadas, de sábanas que crujían, del leve tintinear del hielo en el vaso de Gregor. Ella se aferró a mí verga, no la soltaba. No gritó, no gimió. Solo apretó los labios y me miró fijo mientras la masturbaba, como si algo dentro de ella también se liberara. Me sentí parte de algo que no entendía del todo, pero que no podía negar. Y ...
... entonces… Delcy no dijo nada. Cuando se dio cuenta de que ya la nena se sostenía sola y con mi mano en su vagina, se inclinó, con movimientos suaves como promesas. Metió la punta de mi verga en su boca, hasta donde las manos de su hija se lo permitían. No fue un mamada urgente ni torpe, sino una silenciosa, como quien guarda un secreto en la boca y lo entrega sin palabras. Su aliento lo sentía como calor y algo más: complicidad. A una suerte de pacto mudo que no exigía nada, pero lo decía todo. María Camila, no apartó la vista. Estaba de pie sobre la cama, con las piernas abiertas y las manos rodeando mi tronco. Observaba. Como si contemplara un fuego arder y se supiera parte de la llama, aunque en ese instante la invadiera. No había vergüenza en sus ojos. No había miedo. Solo una extraña serenidad. La de quienes han dejado de hacerse preguntas y simplemente están. Allí, con sus cuerpos expuestos y su historia suspendida en el aire espeso de aquella habitación que ya no era del todo real. Gregor sonrió. Apenas. Tal vez por Delcy. Tal vez por mí. O tal vez por ambos. En esa suite —más grande que mi mundo entero hasta entonces— entendí que algo se había movido dentro de mí. No solo el deseo. Algo más profundo. Algo que no tenía nombre todavía, pero que empezaba a nacer entre esos cuerpos tibios y esas miradas que ya no buscaban permiso. Me tomé un instante, quizá más de uno, para mirarlas como se mira un cuadro cuya belleza duele. Delcy era de una fuerza serena, ...