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La alquilo de día y la cojo para mí en las noches
Fecha: 05/10/2026, Categorías: Incesto Sexo en Grupo Sexo con Maduras Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
... luciérnagas cansadas, nos sentábamos en los escalones de la cabaña y hablábamos poco. A veces sólo compartíamos el pan que nos quedaba, o un sorbo de algo caliente. Y en ese poco, en ese casi nada, estaba todo. Estábamos cansados. Estábamos lejos. La relación con la señora —que con el tiempo supimos que se llamaba Margaret, aunque para mí siempre fue simplemente la costurera— creció como crecen las cosas que no se buscan: despacio, sin ceremonia, como el musgo en la piedra. Margaret no hablaba mucho. Su forma de comunicarse eran los gestos: una ceja levantada, un leve carraspeo, un movimiento de cabeza que decía “vete” o “ya entendiste” mejor que mil palabras. Yo aprendí a leerla como se aprende un idioma sin diccionario, solo por inmersión y paciencia. Y ella, creo yo, empezó a confiar en mi silencio. Me enseñaba sin enseñarme. A limpiar una mancha sin dañar la tela. A distinguir entre una costura firme y una que traicionaría al primer tirón. A no preguntar lo innecesario. A entender que incluso las cosas rotas tienen su dignidad, y que remendar no es esconder, sino curar. Fue en una de esas tardes lentas, en que el calor caía como plomo derretido sobre los tejados, que ocurrió. Yo venía de la lavandería con una caja de botones y un paquete de hilo nuevo. Atravesaba el patio con la cabeza baja, pensando en cualquier cosa, cuando escuché la voz. Fue como un trapo sucio arrojado contra el rostro. —Ahí está. ¡Felices pajas, yo ya llevo dos con esa ...
... deliciosa vista! Me detuve, más por el tono que por las palabras. No era un saludo. Era algo que se lanza esperando herir. Era uno de los jardineros, un tipo grande, con brazos de soga y ojos de vidrio sucio. Estaba con otros dos, riéndose como se ríen los hombres cuando vemos algo que nos excita. Sentí curiosidad y que el cuerpo se me endurecía, como si alguien hubiera soltado una serpiente en medio de una biblioteca. Mantuve la mirada en ellos y caminé en su dirección, más lento ahora, con la caja temblando un poco en mis manos. Quería ver lo que estaban viendo. Pero Margaret parada en el marco de la puerta de su cabaña me estaba observando. Me di cuenta y cambié nuevamente mi destino, ya me esperaba sentada con la tela en las rodillas, sus dedos como garzas dormidas sobre el hilo. —Es mejor que no mires o te perderás —dijo, sin levantar la vista—. Esos hombres ya lo están. Si les das tus ojos a este lugar, les estás dando un poco de luz. Y no la merece. No supe qué responder. Ni siquiera sabía si hablaba de lo que yo creía que hablaba. Pero ahí estaba la frase, más afilada que cualquier aguja, clavada con cuidado en el aire. Después de eso, algo cambió entre nosotros. Margaret empezó a confiarme más cosas. A veces me dejaba planchar una tela que consideraba menos delicada. O me pedía que eligiera los botones, como si mi criterio importara. Y cuando hablaba, lo hacía más para mí que para ella. Me hablaba del sur, donde había nacido, de un marido que murió ...