-
LA TRÍADA - Una madre dividida entre 2
Fecha: 07/10/2026, Categorías: Incesto Autor: EDOWA, Fuente: TodoRelatos
... nalgas de Isabel con un sonido húmedo y carnal que llenaba la cocina. Diego sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía exactamente lo que se avecinaba, y por eso apretó el ritmo, embistiéndola con más fuerza, apurándose a terminar el trabajo. No solo por la urgencia del momento, sino porque comprendía que lo que seguía no le pertenecía a él. Había otro turno, otro dueño en esa dinámica retorcida. Alejandro avanzó despacio, con una calma que contrastaba con el frenesí de la penetración. Sus labios se curvaron apenas en una mueca de satisfacción oscura. —Si esto no fuera una relación de tres… —su voz grave y pausada rompió el silencio que los pasos habían dejado atrás— ya los hubieran descubierto. Tus gemidos se escuchan hasta arriba, Isabel. La mujer cerró los ojos con fuerza, como si el reproche cargado de dominio le produjera más placer que vergüenza. El cuerpo de Isabel temblaba entre las embestidas de Diego y la mirada penetrante de su marido, atrapada en medio de un juego que ella misma había permitido hace unos meses. —Ya casi acabo… déjame terminar, papá —bufó Diego entre jadeos, apretando las caderas de Isabel con desesperación. —Más vale que te des prisa —respondió Alejandro con voz grave, desabrochándose el saco del traje con calma—. Necesito desahogarme antes de ir a trabajar. —Ahh… ya casi… ya casi acabamos —gimió Isabel, empapada en sudor. Su cabello pegado a la frente y el rastro húmedo que descendía por su espalda la hacían ver como ...
... una presa dispuesta a todo. Su rostro, una mezcla de placer y descontrol, se arqueaba cada vez que el cuerpo de Diego se estrellaba contra el suyo. Alejandro, sin perder la compostura, arrastró una silla de madera y la colocó frente a la mesa donde su mujer era tomada sin descanso. Se sentó con solemnidad, cruzó una pierna sobre la otra y acomodó la corbata roja que caía sobre su pecho. Tenía 45 años, el cabello negro perfectamente recortado y una mirada penetrante, casi calculadora, como si evaluara cada movimiento que ocurría frente a él. Su tez morena resaltaba contra la camisa blanca y el fino saco oscuro. Una vez acomodado, entrelazó los dedos sobre su rodilla y continuó observando sin pestañear, como un juez en su propio tribunal. —Más vale que no uses mi lugar, hijo —soltó Alejandro con un dejo de amenaza en la voz. Diego gruñó, sin dejar de embestir. —¿No ves que solo estoy usando su ano? —replicó con tono molesto, girando apenas el rostro para fulminar a Alejandro con la mirada—. Si quieres, puedes irte. Alejandro arqueó una ceja y sonrió con sorna, inclinándose apenas hacia adelante en la silla. —Esa mujer es mía —dijo despacio, cada palabra cargada de propiedad—. La he puesto en posiciones que ni tú tienes la creatividad de conocer. Las piernas de Isabel temblaron ante la afirmación de su marido; un gemido ahogado se escapó de sus labios, como si las palabras le arrancaran un placer distinto, más profundo que el contacto físico mismo. Diego, ...