-
LA TRÍADA - Una madre dividida entre 2
Fecha: 07/10/2026, Categorías: Incesto Autor: EDOWA, Fuente: TodoRelatos
... pasión los había arrastrado como una corriente imparable, y en cuestión de segundos Isabel volvió a quedar completamente sometida a la fuerza de los dos, entregada a una vorágine de placer que parecía no tener fin. La cocina se convirtió en un campo de batalla y un altar de placer. La mesa, las sillas, el piso… nada quedó intacto. La cambiaban de posición con una avidez casi animal, probando cada rincón de su cuerpo como si el tiempo no existiera. Isabel se dejaba llevar, sometida y al mismo tiempo dueña de cada instante, explotando en orgasmos que parecían no tener fin. —Mírate, mamá… —susurró Diego, con la voz ronca, mientras la sostenía por la cintura—. No tienes idea de lo hermosa que te ves cuando nos perteneces a los dos. Isabel, con el cuerpo aún temblando, sonrió entre gemidos, sus labios húmedos buscaban desesperados más besos, más contacto. —Soy de ustedes… —jadeó—. Quiero serlo siempre… tóquenme, no me suelten. Alejandro, besándole la espalda y apretando sus caderas con fuerza, la empujó contra la mesa. —Eres nuestra, Isabel… —dijo en un tono grave, cargado de deseo—. No hay vuelta atrás, no después de esto. Diego levantó la cabeza, miró fijamente a Alejandro, y con la respiración entrecortada declaró: —La amamos, papá… no es solo el cuerpo. La amamos a ella. Isabel se quedó en silencio un instante, sorprendida, y luego arqueó la espalda, con lágrimas que se mezclaban con su excitación. —¿Me aman...? Alejandro la tomó del cabello ...
... suavemente, obligándola a mirarlo de reojo, sus labios apenas rozando los de ella. —Sí, Isabel… te amo. Siempre lo supe, y hoy no pienso negarlo. Diego se inclinó desde abajo, pasando la lengua lentamente por su coño antes de hablar: —Y yo también… eres la mujer que deseo, la única que puede enloquecerme así. Ella gimió al escucharlos, como si esas palabras fueran más intensas que cualquier caricia. El aire quedó suspendido unos segundos, pesado, cargado de electricidad. Los tres cayeron nuevamente al suelo y en el silencio de la cocina, exhaustos pero aún vibrando de deseo. Isabel, con el cabello pegado a la frente por el sudor, el rojo corrido en sus labios y el cuerpo todavía palpitante de placer, se mordió el labio inferior y, entre risas entrecortadas, murmuró: —Ustedes dos… no tienen idea de lo que acaban de hacer… Diego, jadeando, le acarició la pierna. —Claro que lo sabemos… te hicimos nuestra. Isabel lo miró fijamente, y con una media sonrisa dejó caer las palabras como un susurro que heló a ambos hombres: —Hoy… no era un día seguro. El silencio llenó la cocina, un silencio tan denso que parecía tener cuerpo propio, como si flotara entre ellos. Alejandro abrió la boca para decir algo, pero no salió palabra; apenas un suspiro roto, como si cualquier frase se quedara atrapada en la garganta por temor a quebrar la magia de lo que acababa de ocurrir. Diego, en cambio, la miraba incrédulo, con los ojos ardiendo en una mezcla extraña de miedo ...