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LA TRÍADA - Una madre dividida entre 2
Fecha: 07/10/2026, Categorías: Incesto Autor: EDOWA, Fuente: TodoRelatos
... algo, pero un silencio espeso se instaló en la cocina, como si el aire mismo se contuviera. De pronto, un crujido resonó en la casa: una puerta abriéndose en algún lugar cercano. El eco de ese sonido hizo que el momento adquiriera un peligro latente, como si la intimidad entre ambos estuviera a punto de ser descubierta. Isabel no retrocedió. Al contrario, arqueó la espalda con más descaro, hundiendo el pecho contra el cristal frío de la mesa y levantando su culo en una ofrenda descarada. Su respiración era agitada, entrecortada, cargada de deseo y perversión. Cuando habló, su voz sonó baja, ronca, con un filo cruel que buscaba herir y excitar al mismo tiempo: —Tu padre también necesita vaciar sus testículos por la mañana… así que apúrate a tomar mi ano. —Pausó apenas para mirarlo por encima del hombro, con una chispa de burla y lujuria en sus ojos—. Mi coño le pertenece a Alejandro… a mi esposo. Las palabras se clavaron en Diego como un hierro ardiente. Ese recordatorio lo hizo temblar: Isabel le estaba entregando su culo, pero no todo. La entrada húmeda y palpitante, el lugar natural de todo deseo masculino, estaba marcada, poseída, reservada para Alejandro, su padre. Esa prohibición no apagaba el deseo de Diego; lo multiplicaba, lo volvía salvaje. El hecho de que su madre, desnuda y abierta, le negara lo más evidente para darle algo más prohibido, lo empujaba al borde de la locura. Ella lo sabía. Por eso, con una lentitud calculada, llevó ambas manos hacia ...
... atrás y separó sus nalgas. El gesto fue explícito, vulgar, cruelmente erótico. Los dedos se hundieron en su propia carne, abriendo para él un pasaje estrecho, tenso, que lo reclamaba sin palabras. El cristal de la mesa se empañaba con el calor de su piel y el roce de su respiración, mientras la luz natural de la cocina resaltaba cada curva, cada sombra de su cuerpo inclinado. Diego contuvo el aire en los pulmones. Sus ojos estaban fijos en la visión que Isabel le ofrecía: la humedad de su coño brillaba tentadora, pero quedaba fuera de su alcance. Lo que sí era suyo era aquel otro lugar, apretado y ardiente, que ahora ella exponía con descaro. Su erección palpitó con fuerza, liberada ya de la prisión de sus pantalones, rozando apenas la piel caliente de sus nalgas. Isabel lo sintió, y un estremecimiento recorrió su espalda. La mesa crujió bajo el peso de su cuerpo cuando arqueó aún más la cadera hacia atrás, como si le exigiera a su hijo que reclamara el cuerpo que le dio la vida. La provocación era demasiado. Él llevó una mano a su trasero, acariciando, amasando, separando, mientras con la otra guiaba su miembro erecto hacia la rendija prohibida. El glande, húmedo y vibrante, rozó la entrada con un movimiento lento, apenas tanteando, como si quisiera memorizar la tensión del momento antes de avanzar. Isabel apretó los dientes, un gemido ahogado escapó de su garganta. —Ahhh… Diego… hijo… no me hagas esperar… El roce era insuficiente, pero incendiaba el aire. La ...