1. LA TRÍADA - Una madre dividida entre 2


    Fecha: 07/10/2026, Categorías: Incesto Autor: EDOWA, Fuente: TodoRelatos

    ... contra sus manos.
    
    No había tela que ocultara nada: no llevaba ropa interior. Su coño, húmedo y palpitante, brillaba suavemente bajo la luz natural de la cocina, desprendiendo un olor denso, erótico, imposible de ignorar. Él lo observó con una avidez reprimida, con esa hambre salvaje que crecía en su vientre, pero se contuvo. No podía tomar lo que aún no le pertenecía. Esa prohibición, sin embargo, lo encendía aún más, lo hacía sentir como un depredador acorralado frente a su presa.
    
    Su respiración se aceleró cuando posó ambas manos sobre sus nalgas, abriéndolas con fuerza, amasando aquella carne blanda y caliente que se ofrecía como un banquete. Los dedos se hundían en la suavidad, subiendo y bajando, separando y juntando, disfrutando de cada temblor de su piel. La visión de su coño húmedo, apenas oculto entre la sombra de su trasero, era una tentación que lo atormentaba.
    
    Su erección, aprisionada todavía bajo el pantalón, latía dolorosa, exigiendo libertad. Con un movimiento urgente, bajó sus jeans negros y los bóxers hasta las rodillas, dejando que su pene erecto escapara, vibrante y firme, rozando de inmediato la redondez ardiente de su culo. El contacto fue como una chispa: ella arqueó la espalda, un gemido entrecortado escapó de sus labios, y el cristal de la mesa crujió tenuemente bajo la presión de su cuerpo.
    
    Diego se inclinó sobre ella, pegando su pecho a su espalda, su respiración caliente derramándose en la curva de su cuello. Sus caderas empujaron apenas, ...
    ... rozando su coño húmedo con la dureza de su falo, sin penetrar, solo jugando en el límite prohibido de su familiaridad. La provocación arrancó un estremecimiento de su cuerpo inclinado.
    
    —¿Sientes lo que me haces? —murmuró contra su oído, la voz grave y cargada de deseo.
    
    Ella no respondió con palabras. Su única respuesta fue mover ligeramente las caderas hacia atrás, ofreciéndose, apretando con su culo aún más la erección contra sí.
    
    Sus manos, todavía firmes en sus nalgas, la abrieron de nuevo, recorriendo con las yemas el borde de su coño húmedo, acariciando sin entrar, provocándola hasta arrancarle un suspiro más. Mientras tanto, el glande rozaba, húmedo por la ansiedad contenida, deslizándose apenas por la entrada de un placer que por regla moral se le debía ser negado.
    
    Él cerró los ojos un instante, luchando con la urgencia de tomarla de inmediato. El calor de su culo, la humedad de su coño, la sensación de poder absoluto al tener a la mujer que lo trajo al mundo inclinada y abierta frente a él, todo conspiraba contra su autocontrol. La cocina, antes un lugar ordinario, se había transformado en un santuario de carne y deseo, iluminado por la luz natural que hacía brillar cada curva, cada gota, cada temblor.
    
    La erección palpitaba contra ella, firme, húmeda, lista. Y sin embargo, él seguía jugando, rozando, provocando, amasando sus nalgas como si quisiera memorizar cada centímetro antes de romper la barrera que aún los contenía.
    
    Ella estuvo a punto de decir ...
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