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Antonio el camionero y el duelo de guarras (II)
Fecha: 18/10/2026, Categorías: Incesto Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos
... sabes… Valeria gemía bajito, con la boca abierta y los ojos entornados, sin exageraciones baratas ni grititos de porno barato. Sabía que eso le encendía más que cualquier chillido fingido: verla concentrada, seria, con esa cara de niña buena haciendo guarradas sin despeinarse. Movía la cadera con temple, como una jaca que ya conoce el paso y sabe cuándo apretar y cuándo dejarse llevar. Se frotaba el clítoris con dos dedos, a su ritmo, mientras se empalaba una y otra vez en la polla de Antonio como si fuera lo más normal del mundo, como si eso no fuera pecado sino rutina de domingo. Y lo más jodido —lo más fuerte— era que de aquella polla había salido ella. De esos mismos huevos ahora cargados, que reposaban sobre el sofá bajo su coño, había brotado la leche que un día la engendró. Esa misma herramienta que ahora le abría las entrañas, que topaba contra su útero a cada sentada, había estado dentro del coño de su madre, bien adentro, bien empapada, una y mil veces. Ese mismo capullo que ahora la tenía sujeta por dentro como un anzuelo había servido para preñarla de ella. Y esa imagen, en vez de repugnarla, la dejaba medio ida, como aturdida. Le daba vueltas en la cabeza mientras montaba, y cuanto más pensaba en ello, más fuerte se le hinchaba el clítoris y más ganas tenía de seguir rebotando con el chocho bien abierto. La perturbaba. Claro que sí. Era como follarse un recuerdo. Como estar metida en la historia de su propia sangre, abriendo las piernas para ...
... comprender el origen mismo de su existencia. Pero también… también le daba un morbo sucio, ancestral, de esos que no se dicen en voz alta ni se confiesan en un diván. Allí estaba ella, empalada por el rabo que la había creado, retorciéndose de gusto con el coño empapado y el alma en carne viva. Y cada vez que bajaba, que sentía cómo la punta le apretaba por dentro, se mordía el labio y volvía a pensar: ese mismo pollón estuvo metido en el coño de mamá. Y ahora es mío. Antonio la miraba desde abajo, con los ojos entornados y el ceño fruncido, como quien contempla una obra que no acaba de creerse. Aquel coño se abría una y otra vez alrededor de su rabo, deslizándose arriba y abajo, luchando por tragarse hasta el último centímetro de aquella envergadura que parecía pensada para reventar moldes. Y lo más jodido era eso: que aún le seguía pareciendo una raja demasiado pequeña para semejante bicho. Cada vez que Valeria bajaba hasta el fondo, él sentía cómo el capullo topaba contra carne viva, contra su interior más cerrado, y pensaba: ¿cómo cojones cabe? Y le venían flashes a la cabeza. Recuerdos sueltos, como zarpazos. De cuando Valeria era una cría y correteaba por el jardín sin ropa, con la rajita cerrada como una línea de lápiz, como una grieta sin fondo. Una vez, incluso, tuvo que cambiarle un pañal, y al quitarle el body, aquel coño minúsculo —más bien una insinuación de coño— quedó a la vista, tan cerrado que parecía de mentira. En ese entonces lo miró como quien observa algo ...