-
Antonio el camionero y el duelo de guarras (II)
Fecha: 18/10/2026, Categorías: Incesto Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos
... y brutal, con su amante habitual cabalgándole como una loca y la hija chupándole los huevos con devoción, no hacía otra cosa que disfrutar. Abrió los brazos aún más, dejando el torso expuesto, con el vello del pecho brillando de sudor, y soltó otro bufido satisfecho, como si acabara de ganar una partida al mus en el bar del pueblo. Era el puto amo. El patriarca. El rey de aquel salón. Cuando ya parecía que Olivia iba a desmayarse de tanto gemir, con la boca abierta y los dedos arañando los hombros de Antonio, éste la apartó sin ceremonias, como quien se quita de encima un abrigo sudado tras una jornada larga en el bar. Le dio igual su cara, su gesto, su rabieta. Para él, aquello no era más que otra lección bien dada. —Ya está bien, zorra. Has hecho lo que tenías que hacer. Ahora bájate, que me toca atender a la realeza. Valeria se relamió con esa calma provocadora, como una princesa de barrio que sabe que todo gira a su alrededor. Entonces se incorporó desnuda, con el pelo revuelto y las mejillas aún encendidas, pero con la seguridad insolente de quien sabe que le toca el turno. Se subió sobre él con una lentitud casi teatral, sin agachar la cabeza ni una vez, y se plantó a horcajadas sobre su padre como si aquel regazo fuera su trono particular. Pero no se dejó dominar. A diferencia de Olivia, ella no era de las que se dejaban mover como un saco de carne. Valeria era otra cosa: mandona, orgullosa, de las que quieren el control hasta cuando se abren de ...
... piernas. Se colocó despacio, con las rodillas firmes a cada lado de Antonio, y le sostuvo la mirada con descaro, clavándole esos ojos suyos medio traviesos, medio desafiantes. Bajó la mano entre sus muslos, agarró el rabo con decisión —lo notó palpitante, pringoso, caliente como un hierro recién sacado del fuego— y lo guió con parsimonia hasta su coño. Encajó el glande entre sus labios vaginales, con ese gesto de precisión de quien mete una llave en una cerradura muy estrecha, y luego se fue sentando centímetro a centímetro, con el gesto concentrado y una sonrisilla de niña mimada en los labios, como si aquello fuera un ritual de empalamiento y ella la sacerdotisa de su propia gloria. —¿Ves, Oli? —dijo con dulzura venenosa, girando apenas la cabeza hacia su compañera, que seguía desnuda y sudorosa al borde del sofá—. Al final siempre acabo yo encima. Y luego se mordió el labio inferior con picardía, mientras su coño se abría cada vez más para recibir aquella verga latente, como si fuera el premio que le correspondía por derecho de sangre. Cada centímetro que tragaba era una declaración de poder, un desafío silencioso, y en su mirada chispeaba el mismo rencor dulce que se ve en las hijas malcriadas cuando le quitan el sitio a la nueva. Antonio la agarró cuando ella empezó a cabalgarle, pero con más cuidado que a Olivia. No le dijo las mismas barbaridades. No le soltó los mismos azotes. A ella le hablaba más bajo, más grave. —Eso es… así me gusta… despacio… como tú ...