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Antonio el camionero y el duelo de guarras (II)
Fecha: 18/10/2026, Categorías: Incesto Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos
... jadeando bajito mientras las yemas de sus dedos le frotaban el clítoris con urgencia. Cerró los ojos, temblando, dándose placer a sí misma para amenizar la espera. Separó más las piernas y se metió dos dedos entre los pliegues mojados de su sexo, explorándose con ansia, mientras se mordía el labio inferior para no gemir demasiado alto. El clítoris le latía como un tambor. Se pajeaba mirando la escena, con los ojos vidriosos, deseando que su turno llegara ya. Pero aún no. Aún no. Antonio ladeó un poco la cabeza, despacio, con esa parsimonia chulesca de viejo lobo que lo ha visto todo. Y al girarla, se topó con la imagen de su hija. Valeria tenía la cara encendida y una mano metida entre las piernas, frotándose el coño como una posesa, con los ojillos brillantes y la boca entreabierta. Estaba desesperada. Expectante. Como una perra hambrienta mirando el cuenco vacío de comida, esperando que lo llenaran. Antonio sonrió con malicia, inflando un poco el pecho, como quien se sabe dueño del cortijo. —Menuda guarrilla me ha salido… —murmuró, casi para sí. Pero entonces se puso serio, con esa autoridad natural que se le salía por los poros, y le soltó a bocajarro, sin levantar la voz: —¡Eh! Quietecita esa mano. De ese coñito ya me encargaré yo cuando te toque. ¡Tú mientras haz algo útil, niña! Lámeme los pies. Cómeme los huevos. O vete a fregar los platos si no sabes qué cojones hacer. Valeria se quedó petrificada un segundo, como si le hubieran echado un cubo de ...
... agua. Se le encendieron las mejillas, entre humillada y furiosa, pero también con un brillo húmedo en la mirada que no dejaba lugar a dudas: la estaba poniendo a mil. Aquel tono, aquella forma de mandarla, aquel aire de patriarca de barrio con la polla aún empotrada en otra… era más de lo que su cuerpo podía aguantar sin temblar. Chasqueó la lengua, se arrastró sobre las rodillas hasta quedar entre las piernas abiertas de su padre y, sin decir ni mu, eligió la segunda opción. Se agachó, besó el interior de un muslo peludo y enseguida se llevó a la boca aquel par de cojones enormes, oscuros, sudados y viriles, que actuaban de tope en la cabalgada incansable de Olivia. Se los comía como si fueran fruta madura, lamiendo con cuidado primero, luego con más hambre, atrapándolos entre los labios, masajeándolos con la lengua como si quisiera darles las gracias por existir. Antonio soltó un gruñido de gusto, echando la cabeza hacia atrás. —Así sí… Así se cría a una hija, coño. Valeria estaba encantada, aunque no del todo cómoda. A cada bajada de Olivia, el coño empapado de su amiga y rival se le acercaba peligrosamente a la cara, chorreando tibio, palpitante, casi rozándole la frente. El olor era fuerte, animal, mezcla de sexo, sudor y algo más que no supo definir. Pero no se apartaba. Seguía con los morros apretados a los huevos de su padre, tragando saliva, con los dedos crispados sobre sus muslos y el corazón a mil. Y Antonio, en el centro de aquella escena surrealista ...