-
Internado Femenino Santa Cecilia 3
Fecha: 23/10/2026, Categorías: Transexuales Autor: Birkin1990, Fuente: TodoRelatos
Internado Femenino "Santa Cecilia". Capítulo 3: El rumor, como una enredadera tenaz, había trepado por los pasillos del internado hasta colarse por la rendija de la puerta del aula de álgebra. La señoraElvira, con sus setenta años a cuestas y una lucidez que afilaba como un cuchillo, no era inmune a los chismes. Los observaba, los analizaba y, en la quietud de su pequeño apartamento de profesora, los diseccionaba. Ella, que había dedicado su vida a los números y a la estricta lógica de las ecuaciones, encontró en el susurro sobre Mari una variable fascinante. Una incógnita. Lo observó en clase. No como las jóvenes, con una curiosidad ardiente y nerviosa, sino con meticulosidad. Vio la forma en que se movía, la sombra de una barba incipiente que el maquillaje barato no lograba ocultar del todo, el bulto discreto pero innegable que se ajustaba al uniforme. Para la señora Elvira, Mari no era un chico. Era la prueba viviente de un teorema de deseo que ella creía obsoleto en su vida. Una tarde, después de que el timbre liberara a las alumnas en un torrente de risas y pasos apresurados, se acercó a su escritorio. Mari, que recogía sus libros con prisa, se quedó paralizado al verla. —Mari —dijo la profesora, su voz era un crujido seco—. He notado ciertas... dificultades con los polinomios. Tu técnica de factorización es desastrosa. Mari bajó la mirada, avergonzado. —Lo siento, señorita Elvira. Intentaré mejorar. —La intención no basta —cortó ella, secamente—. ...
... La práctica es fundamental. Mi apartamento está al final del pasillo este, el último de la derecha. Estaré allí esta noche a las ocho. Trae tu libro de ejercicios. —Hizo una pausa, y sus ojos, pequeños y brillantes como cuentas de vidrio detrás de sus lentes bifocales, lo escudriñaron—. No seas impuntual. No era una invitación. Era una orden. Y Mari, atrapado en la red de su propio secreto, supo que negarse no era una opción. La directora, sus compañeras... ahora la profesora. El precio de su silencio se pagaba en entregas sucesivas. A las ocho en punto, con el corazón encogido, llamó a la puerta. El apartamento de la señorita Elena era un reflejo de ella: pequeño, ordenado hasta la obsesión y con un olor rancio a libros viejos, polvo y medicamentos. La profesora lo hizo pasar. Llevaba una bata gastada sobre un camisón de algodón. Su pelo blanco, fino como seda, le caía suelto sobre los hombros. A la luz de la lámpara, Mari pudo ver con cruel claridad el mapa del tiempo en su cuerpo: las venas azules que pintaban sus manos y sus delgadas piernas, las arrugas profundas que surcaban su rostro y su cuello, la flacidez de sus brazos. —Pasa —dijo, y su voz sonó diferente, más suave, con un temblor que no estaba antes—. El libro, déjalo allí. Mari obedeció, dejando el pesado volumen sobre una mesita junto a un jarrón con flores mustias. Cuando se dio la vuelta, la encontró mucho más cerca de lo que esperaba. La bata se había abierto ligeramente, y él pudo ver la triste ...