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Internado Femenino Santa Cecilia 3
Fecha: 23/10/2026, Categorías: Transexuales Autor: Birkin1990, Fuente: TodoRelatos
... caída de sus senos bajo el camisón, la curva de una barriga blanda, la fragilidad de sus hombros. —Ellas... las jóvenes... deben ser muy... entusiastas —murmuró la señorita Elena, y con una mano fría, se posó en su mejilla. Mari contuvo la respiración—. Pero la juventud es torpe. No conoce la paciencia. No conoce el arte de... esperar. Su otra mano se deslizó entre ellos, buscando directamente el bulto entre sus piernas. Mari se estremeció al contacto. Sus dedos, huesudos, pero sorprendentemente firmes, lo palparon a través de la tela, confirmando su tamaño, su dureza. Eres real. No es un rumor. Con una fuerza que Mari no le suponía, lo guio hacia un sofá desgastado, tapizado en un terciopelo apagado. Lo empujó para que se sentara. —Quiero sentirme joven —confesó, y por primera vez, su voz sonó quebrada, vulnerable—. Se dejó arrodillar frente a él, con un crujido de articulaciones viejas. Sus manos, temblorosas ahora, le desabrocharon los pantalones con una urgencia patética. Cuando lo liberó, lo miró no con lujuria pura, sino con una especie de nostalgia hambrienta, como si contemplara un manjar del que había sido privada durante décadas. Se inclinó y lo tomó en su boca. No fue como con Claudia, con su dominancia, ni como con las chicas, con su curiosidad húmeda. Fue lento, titubeante, casi torpe. Sus labios, delgados y fríos, se movían con la inseguridad del que ha olvidado. Su lengua, ya no ágil, exploraba con una lentitud que rayaba en lo doloroso. Se ...
... ahogaba un poco, tosía suavemente, pero no se detenía. Aferraba sus caderas con sus manos venosas, con una desesperación que conmovía y repelía al mismo tiempo. Para Mari, fue una de las experiencias más extrañas. La veía, frágil y anciana, entregada a un acto que parecía sacarla de su cuerpo decrépito. Gemía, sonidos roncos y guturales, mientras se movía arriba y abajo, esforzándose, sudando. De pronto, se detuvo. Jadeando, con hilos de saliva conectando sus labios a su sexo, lo miró con ojos suplicantes. El apartamento de la señorita Elvira olía a naftalina y a soledad. Pero en ese instante, el aire se cargó con un olor mucho más primal: sudor, saliva y el aroma dulzón del lubricante que ella había aplicado con manos trémulas. La orden de tumbarse en el suelo había sido dada, y Mari, un barco a la deriva en el mar de las expectativas ajenas, obedeció. La alfombra persa, desgastada y llena de motas, le rasgó la espalda. Encima de él, Elvira se movía con una desesperación que era difícil de presenciar. Sus caderas, angostas y frágiles, se balanceaban con un ritmo cansino, buscando una fricción que su cuerpo ya no podía generar por sí solo. Fue entonces cuando algo se quebró dentro de Mari. Ya no era solo lástima o la obligación de cumplir. Era una oleada de frustración, de poder acumulado, de ser usado una y otra vez. Con un gruñido que no sabía que tenía, rodó sobre sí mismo, invirtiendo sus posiciones. La cama, una estructura antigua de hierro, chirrió de ...