1. El Secreto de Juan


    Fecha: 27/01/2026, Categorías: Gays Tus Relatos Autor: jeraro, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X

    El silencio de mi habitación era mi santuario. A mis diecisiete años, ese espacio era el único lugar donde el mundo no existía, donde yo podía ser quien realmente era. Todo empezó a los dieciséis, con una simple y estúpida curiosidad. Un día, sin pensar, abrí el cajón de mi hermana y saqué unas bragas. El tejido, tan suave y ligero, contra mi piel fue una revelación. Fue solo una vez, dije. Pero la mentira duró poco. Pronto, no bastaba con una prenda. Quería más. Empecé a vestirme en secreto, robando prendas de su armario cuando no estaba. Un sujetador que me aplanaba el pecho, unas medias que se adherían a mis piernas, y finalmente, mi tesoro: una minifalda de cuero negro que me robé hace un mes.
    
    Me excitaba verme así. Me paraba frente al espejo de cuerpo entero, y el chico del instituto desaparecía. En su lugar estaba una versión de mí que me fascinaba, con mis piernas largas y delgadas estirándose bajo la falda corta, el cuero ajustado resaltando mis caderas. Me acariciaba el vientre, bajando la mano hacia la entrepierna, y cerraba los ojos, perdiéndome en la sensación de ser alguien más, alguien libre. Era mi adicción, mi pecado, mi paraíso. Pero nunca, jamás, había ido más allá de mi propia mano. Me masturbaba mirando a esa diosa en el espejo, pero la idea de estar con un hombre me daba asco. No era gay. Solo amaba la tela, la imagen, la fantasía. Hoy me había atrevido más. No llevaba nada debajo de la falda, solo las medias de nailon transparente que se subían hasta ...
    ... el muslo y una braga tipo hilo dental que apenas cubría mi entrepierna.
    
    Esa tarde, la casa estaba en silencio. Mis padres trabajaban, y mi hermano, Carlos, de veintitrés años, supuestamente había salido. La seguridad me hizo atrevido. Me puse el conjunto de encaje negro que tanto me gustaba, las bragas casi inexistentes y el sujetador que me ceñía el pecho. Y luego, la falda. Me miré en el espejo, el bulto de mi erección marcado bajo el cuero. Me sentía poderoso, sexy. Me tumbé en la cama, la mano deslizándose bajo la falda, dispuesto a perderme en mi fantasía.
    
    La puerta se abrió de golpe.
    
    El pánico me golpeó el estómago con tanta fuerza que casi me vomito. Me helé. Allí, en el umbral, estaba Carlos. No estaba salido. Estaba de pie, con los ojos fijos en mí, en la falda, en mi mano todavía entre mis piernas. Su rostro no mostraba sorpresa, sino una especie de calma aterradora, una expresión que nunca había visto: una mezcla de asco y un cálculo frío que me heló la sangre hasta la médula.
    
    —¿Qué coño...? —susurró, su voz baja y peligrosa.
    
    No pude moverme. Las palabras se atascaron en mi garganta, un nudo de vergüenza y terror. Intenté cubrirme, pero era inútil. La imagen estaba grabada a fuego en su mente.
    
    Carlos no gritó. No se fue corriendo. Entró lentamente y cerró la puerta con un chasquido suave y ominoso. El sonido del cerrojo resonó en el silencio, como el cierre de una tumba.
    
    —Así que esto es lo que te gusta, ¿verdad, hermanito? —dijo, su voz ahora ...
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