1. El Secreto de Juan


    Fecha: 27/01/2026, Categorías: Gays Tus Relatos Autor: jeraro, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X

    ... se introdujo en mí. El dolor fue instantáneo, cegador. Un desgarro seco y brutal que me partió en dos, como si me hubieran clavado un hierro al rojo vivo. Su tamaño era tan abrumador que sentía como se me abría hasta los huesos. Un grito desgarrador se escapó de mi garganta, pero su mano sobre mi boca lo convirtió en un ahogo ahogado. Cada embestida era un acto de guerra, una violación de mi cuerpo y de mi alma. El mundo se redujo al dolor ardiente en mi interior, al olor a sudor de mi hermano, al sonido de su respiración aguda en mi oído, al repiqueteo rítmico de nuestros cuerpos contra la pared.
    
    La follada se volvió más brutal. Carlos, con una fuerza animal, me dobló aún más, levantando una de mis piernas para penetrarme más profundo. Sus labios encontraron mi cuello, no para besarlo con ternura, sino para devorarlo. Sentí la humedad de su lengua y el raspón de su barba contra mi piel sensible, mientras sus dientes se clavaban en mi carne, no lo suficiente para romperla, pero sí para dejar marcas de posesión. Cada mordisco era un agravante al dolor, un recordatorio de que me estaba rompiendo por dentro y por fuera.
    
    —Mía —siseaba contra mi piel, entre embestida y embestida—. Eres mía, ¿entiendes? Mi putita.
    
    Mi mente se desconectó por completo. Flotaba lejos de mi cuerpo, lejos del dolor. Me imaginé en otro lugar, en cualquier lugar que no fuera esa habitación, con mi hermano destruyéndolo. El dolor se convirtió en un zumbido lejano, una sensación abstracta mientras ...
    ... mi conciencia se fragmentaba en mil pedazos. La diosa del espejo había muerto, y en su lugar solo quedaba este... este trozo de carne sangrando.
    
    No sé cuánto tiempo duró. Podrían haber sido minutos o una eternidad. Finalmente, con un rugido ahogado, sentí que se vaciaba dentro de mí, una oleada de calor que me humilló hasta la médula. Se mantuvo dentro un momento más, respirando agitadamente contra mi nuca, y luego se retiró con un movimiento brusco.
    
    Me desplomé en el suelo, temblando y sangrando, con la falda de cuero subida hasta la cintura y las medias rotas. Carlos se arregló los pantalones sin mirarme, sin decir una palabra más. Abrió la puerta y salió, dejándome tirado en mi propio infierno.
    
    Me quedé allí, inmóvil, durante mucho tiempo. El silencio de la habitación era ahora un sepulcro. El dolor físico era inmenso, pero era el dolor en mi alma lo que me estaba matando. Mi ritual secreto, mi paraíso, ahora estaba manchado para siempre, convertido en el recuerdo de mi violación. Las bragas de mi hermana, la falda, el encaje... todo era ahora un símbolo de mi humillación, un testamento del día en que mi hermano me robó no solo mi cuerpo, sino también el único lugar donde me había sentido a salvo.
    
    La puerta se abrió de nuevo. Pensé que era Carlos, volviendo por alguna razón. Pero no. Era mi padre. Estaba de pie en el umbral, con los ojos fijos en mí, en mi estado, en el desastre. Su rostro estaba inexpresivo, una máscara de piedra que me aterrorizó más que la ...