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No enseñes a besar a tu hijo
Fecha: 30/03/2026, Categorías: Incesto Tus Relatos Autor: Tito, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
Nunca enseñes a besar a tu hijo. O, si lo haces, entiende que el contacto puede ir lejos y salirse de control. Cuando yo decidí enseñar el arte del beso a mí muchacho, acepté que esa era una posibilidad. De todos modos lo hice. No me juzguen y comprendan. Era una mujer de 35 años, con un marido mayor, ausente y desganado que vivía viajando por su trabajo. Tuve a nuestro único hijo a los 19 años, así que tiene ustedes a una mujer de 35 conviviendo con su hijo de 16. Un hermoso chico. De mí estatura ya por aquel entonces. Yo, morena, cintura estrecha y el resto abundante, carnoso, tentador para cualquiera. No diré mucho, pero un día mí hijo Fabián me dijo que una chica de la escuela le besó en la boca y él no supo cómo responder. "Te enseño", fue mí respuesta y desde entonces me dediqué a enseñarle las técnicas que un beso entre hombre y mujer exige. La única condición era sin caricias. Eso no. El chico aceptó alegremente y pronto éramos besadores asiduos que desarrollaban sus habilidades con entusiasmo. Porque yo también aprendí. Si nos besábamos de pie ocurría lo inevitable, porque no puedes besar a alguien sin que los cuerpos se junten. Así que yo sentía su bulto contra mí y era una fuente extra que agregaba ardor al contacto mutuo. Tener contra tí a un joven hermoso que te está chupando la lengua y notar como su miembro endurecido se aprieta contra tu vientre, no es cosa menor. En esas situaciónes nuestra salivación era abundante. Yo le había enseñado que la saliva que ...
... cae de la boca de esa chica con la que te estás besando no debe caer y que debe ser lamida, chupada y consumida. Entonces él hacia eso y yo igual. Ni una gota de saliva se nos perdia. El territorio de exploración se limitaba a nuestra caras. Nunca por debajo y nunca usando las manos. Esa era la regla infranqueable. Lo del contacto inferior no podía evitarse, pero no se salía de foco. De los besos en la cocina a la hora del desayuno pasamos a besos en el sofá, en los pasillos, en la puerta antes de él salir hacia la escuela,... Era por todos lados y sin horario. Mi disfrute era mayúsculo y seguía después en la soledad del cuarto matrimonial o mientras me bañaba, con fuertes masturbaciones. Y mi hijo por su lado. Seguramente. Me aficioné sin culpas. No era incesto como yo lo veía . Nada que reprocharme y mi ánimo mejoró muchísimo. Tampoco se hablaba en estas sesiones. Solo dos bocas comiéndose sin temores y con muchísimo amor. Durante varios meses nos dedicamos a eso. Algo se volvió normal además de las besuqueadas. Cómo andábamos siempre con poca ropa por el aire a 24 grados dentro del departamento, las erecciones de mi hijo eran cosa por demás visible. Pero de eso no se hablaba. Teníamos una casa quinta en las afueras que poco se usaba, muy aislada. Comenzamos a frecuentarla a instancias mías. Allí, en completa soledad, los fines de semana fueron maratones de besos y lamidas. Sin culpas. Era nuestra cosa. Nadie lo sabía más que nosotros. Y las reglas eran respetadas. ...