1. Mi verano en La Molina


    Fecha: 13/05/2026, Categorías: Confesiones Tus Relatos Autor: VillaEgo, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X


    Todo empezó con un anuncio que parecía demasiado bueno para ser verdad. "Se busca personal de limpieza para casa en La Molina. Buen sueldo, horarios flexibles." Las fotos mostraban una mansión impresionante, con jardines impecables, piscina, y unos interiores que parecían sacados de una revista. Pero algo me llamó la atención: los pisos estaban impecables. Brillaban. No había una mota de polvo. ¿Para qué demonios necesitaban limpieza si ya estaba todo perfecto?
    Tenía 19 años, recién salida del colegio, y necesitaba dinero para la universidad. Mis 1.63 metros, mis cachetes de siempre, mis gafas, mi pelo largo, y esas curvas que heredé de mi abuela —88 de busto, 78 de cintura, 98 de cadera— no eran exactamente el perfil de una empleada doméstica, pero ¿qué importaba? Apliqué. Me llamaron al día siguiente.
    Cuando llegé a la dirección, un portón eléctrico se abrió lentamente. El camino de entrada bordeaba un jardín con palmeras y una fuente. La casa era blanca, de dos pisos, con ventanales enormes. Toqué el timbre y me abrió un señor de unos 45 años, canas en las sienes, barba bien recortada, un body que se notaba debajo de la camisa. Olía a perfume caro.
    —Ah, Stephanie, ¿verdad? Pasa, pasa. Las otras chicas ya llegaron.
    "¿Las otras chicas?" pensé. No me había dicho que trabajaría con más personas.
    Me condujo a una sala amplia con sofás de cuero blanco. Ahí estaban ellas. Tres chicas, sentadas, mirándose entre sí con esa mezcla de curiosidad e incomodidad.
    La primera era ...
    ... una japonesita pequeña, de unos 20 años, con el cabello teñido de rosa, largo hasta la cintura. Tenía los ojos rasgados y una sonrisa tímida. Vestía un buzo rosado, pero se notaba que tenía un cuerpecito menudo y delicado.
    La segunda era una blanquita delgada, pero no de esas flacas sin forma. Era fibrosa, como de gimnasio. Brazos marcados, piernas firmes. Llevaba un short ajustado que dejaba ver un culito redondo, duro, parado, como dos pelotas de tenis bajo la tela. Parecía que si la abrazabas se iba a quebrar, pero sus músculos decían lo contrario.
    La tercera era una gringa. Rubia, coletas, ojos azules, pecas en las mejillas. Y un cuerpo que no pasaba desapercibido: tetas grandes, bien separadas, y un culo ancho que se movía incluso cuando estaba quieta. Hablaba un español chancado, mezclado con inglés.
    —Hi, I'm Jennifer. Mucho gusto.
    Me presenté. Yo era la cuarta. Cuatro chicas para limpiar una casa. Demasiado.
    El dueño —don Fernando, nos pidió que lo llamáramos así— nos hizo pasar a su estudio. Ahí estaba también su hijo, Mateo, de 25 años. Más joven, más delgado, pero con la misma mirada. Nos evaluaban. Nos medían.
    —Bueno, chicas —dijo don Fernando, sentándose detrás de un escritorio de caoba—. Les voy a ser sincero. La casa no necesita limpieza. La mantiene una señora que viene tres veces por semana. Ustedes están aquí por otro motivo.
    El silencio se volvió denso. La japonesita se movió incómoda en su asiento. La blanquita se puso rígida. La gringa sonrió, como si ...
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