1. Mi verano en La Molina


    Fecha: 13/05/2026, Categorías: Confesiones Tus Relatos Autor: VillaEgo, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X

    ... ya lo supiera.
    —Mi hijo y yo buscamos compañía. Chicas jóvenes, bonitas, frescas. Y estamos dispuestos a pagar bien por ello. Cada encuentro se paga aparte del sueldo base. En grupo, individual, como ustedes quieran. Nadie las obliga a nada, pero las que se quedan… aceptan las reglas.
    Miré a las otras. ¿Qué harían? Yo necesitaba la plata. Mis viejos no podían pagarme la universidad. Y el sueldo que ofrecían era el doble de lo que ganaba cualquier otra compañera de mi edad.
    —Yo me quedo —dijo Jennifer, la gringa, cruzando las piernas—. Me parece buen deal.
    La japonesita asintió tímidamente. La blanquita también. Yo respiré hondo y dije que sí.
    Y así empezó mi verano en La Molina.
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    La primera vez
    No pasó ni una hora desde que aceptamos cuando don Fernando nos llamó a las cuatro a su habitación. Era una suite enorme, con cama king size, cortinas de terciopelo rojo, y un baño con jacuzzi. Él estaba en boxers, sentado en el borde de la cama, con una erección que se marcaba claramente bajo la tela. Mateo estaba recostado en un sillón, con una cerveza en la mano, observándonos.
    —Quiero verlas —dijo don Fernando, la voz ronca—. Quítense la ropa. Todas.
    Jennifer fue la primera. Se desabrochó el short y lo dejó caer, luego se quitó la blusa. Sus tetas eran inmensas, naturales, con pezones rosados y grandes. Su culo ancho se movió cuando se giró para mirarnos. La japonesita —se llamaba Yuki— se quitó el buzo con timidez, dejando ver un ...
    ... cuerpo de porcelana, senos pequeños pero perfectos, una cintura diminuta. La blanquita —Lola— se desnudó rápido, como si fuera un trámite. Su cuerpo era pura tensión: abdominales marcados, muslos duros, y ese culo firme que parecía esculpido.
    Yo dudé un segundo. Pero luego pensé en la plata. Me saqué los lentes, los puse sobre la mesa de noche. Me quité la blusa, el pantalón. Quedé en tanga y sostén. Mis curvas siempre fueron generosas: las caderas anchas, los muslos gruesos, el culo grande. Me puse roja, pero no me escondí.
    —Párate bien —dijo don Fernando—. Date la vuelta.
    Obedecí. Sentí su mirada recorriendo mi cuerpo, deteniéndose en mis nalgas. Luego se paró, se acercó a Yuki, le acarició la mejilla. Ella temblaba.
    —¿Has hecho esto antes? —le preguntó.
    —Un poco —susurró ella.
    —Bien. Arrodíllate.
    Yuki se arrodilló sobre la alfombra. Don Fernando se bajó los boxers. Su pija estaba dura, gruesa, con las venas marcadas. Yuki la tomó con ambas manos, dudó un momento, y luego abrió la boca. La lamió primero, pasando la lengua por la punta, bajando por el tronco. Luego la metió entera. Su cabeza subía y bajaba, los ojos cerrados.
    —Así me gusta —dijo él, poniéndole una mano en la nuca—. Más hondo.
    Yuki tosió un poco, pero siguió. Su boca pequeña se estiraba alrededor de ese vergón, la saliva chorreando por su barbilla.
    Mientras tanto, Mateo se levantó del sillón. Se acercó a Lola, que seguía de pie, erguida y tensa.
    —¿Tú también eres buena con la boca? —le preguntó, ...