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Los albañiles
Fecha: 03/06/2026, Categorías: Confesiones Tus Relatos Autor: La arquitecta, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
Hola a todos, soy nueva, les quiero compartir una historia vida que ya no puedo seguir guardando, hace meses que quiero desahogarme, en esta historia no usaré mi nombre real por evidentes motivos, espero hacer eso muy resumido para no aburrirlos con demasiada lectura Comenzare diciendo que me llamo Valeria, tengo 26 años y soy arquitecta. Quienes me conocen en el ámbito profesional suelen decir que tengo un aspecto inocente, casi angelical: baja de estatura, de facciones finas, cabello castaño claro y una mirada que a menudo transmite una timidez que no encaja del todo con el rudo ambiente de la construcción. Sin embargo, como residente de obra, he tenido que aprender a pararme con firmeza frente a decenas de obreros. Aquella tarde de viernes, el sol comenzaba a caer, tiñendo el cielo de un tono anaranjado sobre la estructura de hormigón y ladrillos expuestos de la residencia que supervisaba. El reloj marcaba las seis y la construcción quedó solitaria después del horario laboral. El silencio se apoderó del lugar, a excepción de una zona en el primer piso donde Don Ramiro y Don Carlos, dos de mis mejores albañiles, ambos rondando los 50 años, corpulentos, de piel curtida por el sol y manos callosas, guardaban sus herramientas mientras escuchaban música en una pequeña radio. Al pasar junto a ellos para despedirme, Don Ramiro me miró con una sonrisa franca, sosteniendo una botella de tequila casi llena. —Arquitecta, ya es fin de semana. No se vaya todavía, acompáñenos a ...
... echarnos un trago para quitar el polvo de la garganta —dijo con tono amable. —Gracias, Don Ramiro, pero ya es tarde. Tengo que volver a la oficina a cerrar unos planos —respondí, acomodándome el casco, intentando mantener la distancia profesional. Don Carlos se sumó a la invitación, dando un paso hacia mí con respeto pero con insistencia. —Ande, jefa, no sea mala. Un traguito nada más. Ha estado presionada toda la semana con la entrega. Nos haría un honor si nos acepta un vaso. Un brindis por que la losa quedó perfecta. Dudé un momento. Ellos siempre habían sido sumamente respetuosos conmigo, cuidando su lenguaje y acatando mis órdenes sin chistar desde el primer día. Pensé que no pasaría nada malo por aceptar una cortesía. —Está bien, solo uno pequeño —cedí, sonriendo de medio lado. Don Ramiro limpió un vaso de plástico y me sirvió una generosa porción de tequila. El primer trago me quemó la garganta, haciéndome toser un poco, lo que provocó las risas contenidas de ambos. —Despasito, arquitecta, que este pega duro —bromeó Carlos. Hablar de la obra nos llevó al segundo trago, y luego al tercero. La timidez inicial comenzó a disiparse y el alcohol empezó a nublar mis inhibiciones. La música norteña sonaba de fondo y, poco a poco, el ambiente fue cambiando. Los hombres, que al inicio mantenían una distancia prudente, comenzaron a entrar en confianza, acercándose más a mí al hablar. —Qué bien le sienta el calor de la tarde, arquitecta. Con todo respeto, se ve muy bonita ...