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Los albañiles
Fecha: 03/06/2026, Categorías: Confesiones Tus Relatos Autor: La arquitecta, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
... boca. Me obligaron a trabajar por ambos lados en esa posición. Estaba completamente sometida, gimiendo entre el miembro de Carlos y las embestidas salvajes de Ramiro en mi retaguardia. Ya no había rastro de la arquitecta educada; era una mujer insaciable devorada por el deseo y el maltrato lascivo de mis obreros. Ramiro llegó a su límite y, tras unos últimos empujones brutales, me sacó para terminar encima de mis glúteos. Me empujaron de lado y caí directo sobre el frío suelo de concreto de la construcción, que estaba cubierto por una fina capa de polvo y arena. Carlos me tomó por los tobillos y me arrastró sobre el suelo, obligándome a acostarme boca arriba. Me abrió las piernas por completo, subiendo mis rodillas hasta casi tocar mis hombros. Desde esa posición, yo era completamente vulnerable ante su mirada ebria. —Ahora mírame bien a la cara mientras te lleno, chamaca —dijo Carlos, acomodándose entre mis piernas. Se dejó caer sobre mí con todo su peso y me penetró de nuevo. En esta nueva postura, cada embestida llegaba al fondo de mi matriz. El dolor placentero era insoportable. Carlos se movía con una energía animal, sin importarle mi cansancio, buscando únicamente su propia satisfacción. Yo solo podía mover la cabeza de un lado a otro, llorando de puro placer, completamente dominada por la tosquedad y la experiencia de aquel hombre de cincuenta años. —Eres una perrita muy sucia, arquitecta. Mañana vas a regresar a darnos órdenes, pero los dos sabremos que eres ...
... nuestra —me decía Carlos, mirándome con ojos lascivos y llenos de lujuria ebria. Antes de que Carlos terminara de saciarse en el suelo, Ramiro caminó unos pasos y se sentó en un bulto de cemento cercano. Carlos me levantó del concreto como si no pesara nada y me llevó a tirones hacia su compañero. —Siente el juguete de Ramiro otra vez, jefa. Súbete ahí —me ordenó Carlos con brusquedad, empujándome. Me obligaron a sentarme sobre el regazo de Ramiro, de espaldas a él, de modo que su miembro volvió a entrar por completo en mí, aprovechando la gravedad de mi propio peso. Ramiro me sujetaba fuertemente por el vientre, moviéndome de arriba abajo con violencia, mientras Carlos se colocaba detrás de mí, apretándome los pechos y plantando besos rudos en mi cuello. El estímulo era demasiado. Entre las palabras vulgares que me susurraban al oído, el vaivén salvaje y la intensidad de ambos, sentí que una ola de calor me recorría entera. Solté un grito desgarrador mientras mi cuerpo entraba en un orgasmo violento que me hizo temblar. Segundos después, Ramiro soltó un gruñido ronco y se vino profundamente dentro de mí, llenándome con su calidez. Carlos, excitado por la escena, se masturbó rápidamente y terminó esparciendo su calor sobre mi vientre y mis pechos. El silencio volvió a inundar la obra, interrumpido solo por nuestras respiraciones agitadas. Los hombres se apartaron, subiéndose los pantalones mientras daban los últimos tragos a la botella, riendo entre dientes y regresando ...