1. No me llames “vaca gorda”


    Fecha: 16/08/2026, Categorías: Tus Relatos Autor: VillaEgo, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X

    ... refieres?"
    Él: "A juegos de sumisión. Control. Confianza."
    Nunca había hecho eso. Pero en ese momento, escuchando a mi hermana gemir al otro lado de la pared, no me importó. Dije que sí.
    Me pidió que nos viéramos en un Airbnb. Un departamento en la Vía Expresa, piso 20. Dijo que sería una experiencia única. Que confiara en él.
    Confié.
    Parte 3: El Airbnb
    Salí del trabajo a las 6:30 de la tarde. Tomé un taxi hasta la dirección que me dio. Era un edificio moderno, todo vidrio y luces, en medio del caos de la ciudad. Subí al piso 20. Toqué el timbre.
    Alex abrió la puerta. Era más alto de lo que parecía en las fotos, casi 1.90. Tenía el pelo corto, oscuro, y esos ojos verdes que te miran como si te estuvieran desnudando. Llevaba un buzo negro, ajustado. Se le marcaban los músculos del pecho.
    —Pasa —dijo, sonriendo.
    El departamento era bonito. Amplio, con ventanales enormes que daban a la ciudad. Se veía todo el skyline de Lima. La cama era grande, king size, con sábanas blancas. Al lado, una mesita con algo que brillaba: esposas, cadenas, y varios consoladores de diferentes tamaños. Mi corazón se aceleró.
    —¿Te gusta? —preguntó, viendo mi reacción.
    —Sí... nunca había hecho esto.
    —No te preocupes. Yo sé lo que hago. Confía en mí.
    Me pidió que me desvistiera. Lo hice, temblando. Me quedé en ropa interior: un conjunto negro de encaje que me compré especialmente para la ocasión. Me sentía nerviosa, expuesta. Mi panza se veía grande, pero él la miró sin asco. Pasó la mano ...
    ... por ella.
    —Me encantan las mujeres con cuerpo de verdad —dijo—. No estas flacas de mierda.
    Me subió a la cama. Me pidió que pusiera las manos sobre la cabecera. Colocó las esposas. Escuché el clic metálico. Quedé atada, boca arriba, con los brazos extendidos.
    —Vamos a jugar un poco —susurró.
    Parte 4: Las Cuatro Horas
    No supe lo que era el tiempo hasta esa noche. Las agujas del reloj se volvieron eternas. Cada segundo era una mezcla de placer, dolor, miedo y humillación.
    Empezó suave. Me besó el cuello, los senos, bajó por la panza. Me masajeó las piernas. Pensé que sería romántico. Pero luego se detuvo, se levantó, y abrió un cajón. Sacó un frasco de lubricante y algo más: un vibrador pequeño.
    —Primero, te voy a preparar —dijo.
    Me metió dos dedos en la vagina. Estaba mojada, a pesar de los nervios. Movió los dedos adentro, despacio, hasta que sentí que agregaba un tercero, luego el cuarto. Me estiró. Luego, sin avisar, metió la mano entera.
    Grité. No era dolor exactamente, era una sensación de invasión total. Su puño dentro de mí. Mi vagina se estiraba como si fuera a reventar. Él movía la mano adentro, despacio, mientras yo jadeaba y tiraba de las cadenas.
    —Qué apretada estás, vaca gorda —dijo—. Pero te gusta, ¿verdad?
    No respondí. No sabía si me gustaba o no. Solo sabía que estaba ahí, atada, y que él hacía lo que quería con mi cuerpo.
    Después de un rato, sacó la mano y la lamió. Luego pasó al otro agujero.
    El ano.
    Nunca me había metido nada por el culo. Ni ...