1. Tres días que se me hicieron eternos


    Fecha: 04/09/2026, Categorías: Voyerismo Tus Relatos Autor: VillaEgo, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X

    Día uno: el primer golpe
    
    La primera vez que Piero vino fue un martes. Yo había preparado la cena pensando que sería una visita cortés, de esas donde el pretendiente se sienta en la punta de la silla, cruza las piernas, habla del clima y del trabajo, y se va antes de que oscurezca. Pero apenas terminamos de comer, Alejandra me miró con esos ojos que ya conozco y dijo: "Mamá, ¿nos dejarías un rato a solas?"
    
    Se me revolvió el estómago. Claro que sabía lo que quería decir. Habíamos hablado de esto con días de anticipación, de cómo no había plata para hostales y de cómo nuestra casita de dos ambientes era lo único que teníamos. Yo, tratando de hacerme la moderna, la madre progresista que entiende que su hija ya es mayor, le dije que sí. Que claro. Que no había problema.
    
    Le puse la cortina que separaba mi "habitación" —que en realidad era el comedor con un colchón en el piso— y me metí ahí con el corazón latiendo fuerte. El ruido de la radio no alcanzaba a tapar lo que empezó a pasar al otro lado.
    
    Primero fueron risitas ahogadas. El sonido del sofá cediendo bajo dos cuerpos. Luego, el silencio, ese silencio tenso que se llena de besos húmedos, de roces, de labios que se buscan.
    
    Los jadeos comenzaron lentos. "Ay, mi amor", la voz de Alejandra, quebrada, distinta a la que conocía. Ella siempre fue una niña dulce, de hablar suave, de consentirme con abrazos. Nunca la había escuchado así: necesitada, ansiosa, como un animalito que pide que lo alimenten.
    
    —¿Te gusta, ...
    ... princesa? —la voz de Piero, grave, con un tono que me hizo apretar los muslos sin querer.
    
    —Sí... sí, dame más...
    
    No pude evitar escuchar cada ruido. El sonido de la ropa cayendo al piso. El crujido del sostén. El gemido de mi hija cuando él le agarró las tetas. Suspiré, tratando de taparme con la almohada, pero mi cuerpo traicionero quería oír.
    
    Los primeros minutos fueron de besos, de caricias. Luego, el sonido se volvió más rítmico, un vaivén constante que hacía crujir el mueble.
    
    —Así... así, más rápido...
    
    El primer grito de Alejandra me hizo saltar en el colchón. No era de dolor, no era de miedo. Era un sonido gutural, profundo, que salía de sus entrañas, y que ella no había hecho jamás en los dieciocho años que la había criado.
    
    —¡Ah! ¡Dios, Piero! ¡No me hagas parar!
    
    El cuarto se llenó de sonidos de piel contra piel, ese chasquido húmedo de dos cuerpos jóvenes chocando. Yo estaba acostada, rígida, mirando el techo con los ojos abiertos, contando las grietas que ya conocía de memoria. Pero no había manera de escapar.
    
    —Voy a venirme... —la voz de Alejandra temblaba—. No pares, por favor, no pares...
    
    —Termina para mí, llenita de mi leche —la voz de Piero, ronca.
    
    Y ella se vino con un alarido largo, agudo, que atravesó la cortina y la pared y llegó directo a mis oídos. Después, el silencio. Unos segundos donde solo se escuchaba la respiración agitada.
    
    Pero no terminó ahí. Se acomodaron y empezaron de nuevo. Esa primera noche fueron dos rondas, y ...
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