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Tres días que se me hicieron eternos
Fecha: 04/09/2026, Categorías: Voyerismo Tus Relatos Autor: VillaEgo, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
... yo las escuché todas, mordiéndome el labio, oliendo el sexo que se filtraba por la cortina, imaginando —maldita sea— imaginando lo que era tener ese cuerpo de treinta años encima de mí. Día dos: el despertar Al día siguiente, llegó como si nada. Sonriente, con una caja de cervezas y flores para "la suegra". ¿Suegra? Yo lo miraba y trataba de no fruncir el ceño. Tenía los brazos fuertes, la mandíbula marcada, los ojos oscuros y una seguridad de hombre mayor que a mí me imponía y me irritaba a la vez. Alejandra lo tomó de la mano y lo arrastró hacia su lado de la cortina, ansiosa. No esperaron ni la noche, apenas atardecía. Yo tenía que cocinar. Me pela las papas en la cocina, que queda justo del otro lado de la cortina. No podía evitarlo: la cocina comparte pared con el sofá donde ellos se dejaban caer. El sonido empezó más violento ese día. Como si la primera vez hubiera abierto una puerta que ya era imposible de cerrar. —Atrás, me lo siento más adentro —dijo mi hija con una necesidad que me dejó helada. El sofá crujió, y luego vino el sonido de su cuerpo sobre la alfombra. Los escuchaba jadear entre risas, los escuchaba besarse con esa urgencia que solo tienen los que saben que alguien está al lado escuchando. Piero no se callaba. Hablaba. Y hablaba sucio. —¿Quién es tu dueño, zorrita? —su voz era un ronroneo golpeador. —Tú... tú, Piero... —¿Y este coño de quién es? —¡Tuyo! ¡Todo tuyo! Yo cortaba las papas en pedazos pequeños, como si ...
... así pudiera cortar también el sonido, pero no. Los pedazos eran cada vez más pequeños y el ruido era cada vez más fuerte. Cuando comenzaron a follar de verdad, el piso temblaba. Yo sentía el cojín de la cocina vibrar contra mis pies. Alejandra gimió, luego lloró de placer, y Piero gruñó, un sonido animal, y las pupilas se me dilataron a pesar mío. —Te voy a llenar toda, nena. Estás tan apretadita para mí... —¡Dámela toda! ¡Quiero que me llene! Ella se vino dos veces esa tarde. La segunda vez, gritó tan fuerte que el vecino de al lado tocó la pared, y yo quedé roja de vergüenza, con el cuchillo suspendido sobre la tabla. Pero Piero no terminó. Cuando me escuchó moviéndome en la cocina, se puso de pie y, para mi horror, corrió la cortina apenas unos centímetros. Me agarró del brazo. Tenía los ojos brillantes, la entrepierna marcada contra el pantalón. —¿Señora Isabel...? —sonrió, descarado—. ¿Podría traernos dos vasos de agua? Estamos un poco sedientos. Vi a mi hija detrás de él, desnuda, con el cuerpo sudado y los pechos moviéndose, el vello púbico aún empapado, sonriendo como si no pasara nada. Como si no fuera su madre la que estaba ahí. Tragué saliva y asentí. Llené los vasos con manos temblorosas. Él los tomó, me miró de arriba abajo, lamiéndose los labios, y volvió a cerrar la cortina. Esa noche terminaron tres veces. La última, ya casi la madrugada, la escuché a Alejandra suplicando en voz baja: "Otra vez, por favor, otra vez..." y él, riendo: ...