1. Tres días que se me hicieron eternos


    Fecha: 04/09/2026, Categorías: Voyerismo Tus Relatos Autor: VillaEgo, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X

    ... "Eres insaciable, perra". Y el sonido de la piel otra vez, otra vez, otra vez.
    
    No dormí nada.
    Día tres: la normalización
    
    El tercer día me di cuenta de que el horror no era la novedad, sino la costumbre.
    
    Piero llegó con más cervezas. Confiado ya, como si esa casa fuera suya. Se sentó en el sofá, extendió los brazos, y Alejandra se acomodó en su regazo como si fuera su lugar en el mundo. Yo, sirviendo la comida, ya sabía lo que iba a pasar: la escena se repetía como un ciclo inevitable.
    
    Pero ese día llegó más lejos.
    
    Se desnudaron apenas terminaron de comer, y esta vez no me quedé del otro lado. Tenía que recoger los platos, y el lavadero estaba al costado de la cortina. Me quedé ahí, casi sin aliento, mientras veía a través de la tela las siluetas moviéndose.
    
    Piero puso a Alejandra de rodillas. Yo escuchaba —Dios mío, lo escuchaba— los sonidos de chupeteo, los borboteos, los atragantamientos.
    
    —Tómatela toda, nena. Hasta el fondo.
    
    —Uh... uh...
    
    —Más profundo. Usa las manos también, así.
    
    El sonido de su saliva, de su garganta trabajando, era obsceno. Nauseabundo, si quería ser honesta. Pero mi cuerpo no cooperaba, sentía un calor entre las piernas que intentaba reprimir a mordidas.
    
    Luego fue mi hija la que gimió mientras montaba, con las tetas rebotando contra el pecho de él. Vi las siluetas desde mi posición, la cortina ondeando apenas con el aire, y me pareció ver, por un instante, el ...
    ... rostro de mi hija, transformado por el placer, con los labios abiertos, los ojos blancos.
    
    —Me voy a venir —dijo Piero, con la voz apretada.
    
    —¿Adentro? —preguntó Alejandra con esperanza.
    
    —¿Quieres?
    
    —¡Sí! ¡Quiero que me llenes, quiero sentir tu leche!
    
    Uno, dos, tres embates más, y él dejó escapar un rugido largo y sordo mientras ella se retorcía encima. Los vi caer abrazados en el sofá, agotados, y por fin la cortina se cerró del todo con un movimiento de la mano de ella.
    
    Yo seguía ahí, con los platos mojados en la mano, la respiración agitada, mi entrepierna mojada, odiándolos. Odiándola. Odiándome.
    
    —Mamá —la voz de Alejandra, al rato, desde el otro lado—. ¿Me traes agua? Porfa.
    
    Y yo fui. Porque no había nada más que pudiera hacer. Porque en esa casa de dos ambientes, yo era la que servía agua a los amantes. La espectadora obligada de la fiesta que no quería ver.
    
    Así empezó todo. Esa fue la primera semana. Tres días que se me hicieron eternos, y aún quedaban muchos más por delante.
    
    Porque Piero vendría de nuevo. Vendría el día cuatro, el cinco, el seis. Y cada vez, yo estaría del otro lado de la cortina, escuchando, sintiendo, ardiendo, con mi cuerpo traicionero humedeciéndose cada noche al sonido de sus gemidos, y con mi boca sellada, porque había hecho un trato: dejar que mi hija follara en casa, para no gastar.
    
    Al final, el precio que pagué fue mucho más caro que cualquier hostal. 
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