1. EL SEÑOR BALTAZAR y Sus dos Putas Hija y Madre


    Fecha: 22/10/2026, Categorías: Infidelidad Tus Relatos Autor: Cacherox100, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X


    Una historia de cómo un viejo las convierte a  Dos hermosas mujeres tanto hija como madre en putas en la cara del cornudo que era el padre y esposo.
    
    CAPÍTULO 1 — La tienda de ropa interior
    
    Ricardo tenía treinta y ocho años, un trabajo decente, una casa de un tamaño considerable con garaje, un coche Nissan familiar  y, dos mujeres hermosas casi como angeles bajados desde mismo cielo. Su esposa, Valeria, de treinta años, blanca como la nieve con ese cuerpo que era dificil de ignorar (tetas enormes copa H y un culo enorme de esas que cada nalga tiene el tamaño de un balon de baloncesto y que al caminar cada paso hace rebotar semejante culote )a pesar del embarazo siempre por donde caminaba todos los hombres se le quedaban mirando el culo como perros hambrientos y a él también le volvía loco. Y su hija, Lucía, con sus trenzas castañas y esos ojos marrones llenos de ternura con un culito muy bien parado y redondo para su edad que ya provocaba que ciertos hombres la miraran de reojo .
    
    Dejando en claro como es la familia . Un sábado por la mañana. Valeria tenía que trabajar, y le pidio a ricardo acompañar a la nena a comprar ropa interior que a ella no le daba el tiempo. Así que Ricardo se llevó a la nena al centro comercial a comprarle ropa interior nueva, porque ya le apretaba la de antes y se le escapaban los elásticos por las piernas.
    
    Y ahí, entre las columnas de la tienda, rodeado de maniquíes de plástico con encaje y puntillas, Ricardo lo vio por primera ...
    ... vez.
    
    Era enorme. De verdad enorme. Casi dos metros, con una barriga dura y redonda que le colgaba por encima del cinturón, la piel tan negra que brillaba como aceite bajo las luces del techo, la cabeza rapada con canas cortas y ralas, las orejas grandes, la nariz ancha, los labios gruesos. Setenta años, calculó Ricardo. Manos como palas, con dos anillos de oro que parecían de una época pasada. Olía a tabaco dulce y a colonia barata, y sudaba un poco.
    
    Estaba parado junto a una columna, quieto, con las manos cruzadas sobre la barriga, y miraba.
    
    Miraba a Lucía.
    
    La nena estaba de espaldas, agachada junto a una cesta de braguitas con estampados de flores, rebuscando, con las dos trenzas cayéndole hacia delante y el vestidito levantado por detrás. No hacía nada especial. Era una nena escogiendo braguitas.
    
    Y sin embargo ese viejo la miraba como si estuviera viendo a una mujer desnuda.
    
    Ricardo lo estudió unos segundos. Primero pensó que sería el típico abuelo que mira a los nenes con ternura. Pero no. No era ternura. Era otra cosa. La forma en que el viejo seguía con la cabeza cuando la nena se movía. La forma en que se le había quedado la boca entreabierta. La forma en que, cuando Lucía se levantó y se estiró para alcanzar un paquete de arriba, los ojos del viejo bajaron despacio, muy despacio, por el cuerpecito de la nena, del pelo a los piececitos, y se quedaron un rato largo en el sitio donde el vestido terminaba. Y entre sus pantalones un enorme bulto que cada vez se ...
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