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La marca del aspa
Fecha: 25/05/2020, Categorías: Sexo con Maduras Autor: janpaul, Fuente: CuentoRelatos
... también recuerdo el modo cómo pasé de vosotros, los matones del colegio. Claro que me acordaba. Si apenas Abelardo se asomó por el cristal de mi oficina supe de quién se trataba, y lo que le dolería tener que encontrarse conmigo para hacer negocios a buenas. Esto voy a relatar, porque toda aquella historia me pasó por los ojos como una verdadera película, de la que no me encuentro orgulloso, pero sí satisfecho. Nosotros nos encontrábamos en 2º de bachillerato, ya pasada la Pascua, íbamos encarados hacia las vacaciones y con ganas de que acabara el curso. De ese curso me acuerdo mucho de cuatro chicos que todavía hoy seguimos viéndonos con frecuencia Hilario, Damián, Facundo y Roberto. También eran del mismo curso los cuatro matones: Abelardo, Sixto, Juan Leal y Rafa Candela, a estos todo el mundo coreaba, bueno, todo el mundo no, nosotros cinco —los que habíamos salido del armario—, no y algún otro, que no salía de su armario, tampoco. Luego había otros que no estaban muy de acuerdo con los matones pero les era más fácil aparentar ser amigos de ellos que de nosotros, eran los miedosos. Cierto día Damián vino corriendo a buscarme, yo me encontraba con Hilario y Facundo. Damián nos explicó cómo los Leopardos, así llamábamos a los matones, se estaban ensañando con un niño de ESO y nadie defendía al niño. Inmediatamente indiqué a Facundo que buscara a Roberto y se vinieran donde indicaba Damián. Hilario, Damián y yo nos fuimos a ver qué pasaba y, en efecto, estaban ...
... insultando a un niño llamado Eugenio que era y sigue siendo muy amanerado, que, además de ser gay, muy pronto lo iba diciendo a los demás sin ser prudente porque todo el mundo no es tan confiado ni tan de fiar, y la pagó. Le habían dado algunas bofetadas y lo sujetaron entre dos, Sixto y Rafa Candela, le habían roto la camisa, y fue Abelardo el que acabó de cagarla, sacándole los pantalones y calzoncillos y los echó lejos para que se paseara todo el patio en pelotas delante de los demás, chicas y chicos. Descaradamente fuimos corriendo donde el chico, lo cubrimos como pudimos y Roberto que corría más recogió sus ropas para que se las pusiera mientras nosotros cinco lo cubríamos de la vista de todos. El niño lloraba. Le hicimos compañía un rato mientras le poníamos una camisa que no sé quién nos trajo. — Si me hacen esto más veces, me suicido, ya no soporto más, —dijo Eugenio. — ¿No es la primera vez?, —pregunté. — No, siempre se meten conmigo y con otros niños, pero a mí me pegan, me rompen mi ropa, de quitan los pantalones, los esconden y ya estoy cansado, —dijo Eugenio muy amargado. — Pues no te canses, eso lo vamos a arreglar nosotros, a ese le cortamos los huevos si vuelve a meterse contigo, —dijo Roberto. Damián repuso: — Si esperamos que se lo vuelva a hacer, el chaval... va... a, hará una barbaridad, hemos de actuar ya: ¡Viva el imperio de la ley! Como los Mosqueteros cruzamos al centro muestras manos y exclamamos: — Unus pro omnibus, omnes pro ...