1. ALFREDO Y LA SESIÓN DE TARDE EN UN CINE DE BARRIO


    Fecha: 17/08/2020, Categorías: Dominación / BDSM Autor: DS{eli}, Fuente: SexoSinTabues

    ... pasivo y el dominante en sumiso. Esclavizar a alguien como Alfredo suponía demostrar al resto de compañeras que se estaba por encima de las demás y a la clientela que su poder era casi sobrenatural. Puestas así las cosas y dada la especial predisposición psicológica de Alfredo, este no tardó mucho en convertirse en el más adicto, el más faldero de los perritos de compañía, en convertirse en uno de los cabrones más adictos y sumisos del corral de aquella mujer, de aquella Diosa. Pasados nueve meses de su primera experiencia en uno de estos cines, Alfredo ya ocupaba el lugar reservado al esclavo más obediente y resistente del aren. Tumbado bajo el asiento de la mujer, de su Reina y esposado a las patas de su butaca, estaba condenado a ver sin participar y en las contadas ocasiones en las que era liberado, su participación en la sesión era siempre y por sistema como un verdadero rito, para demostrar a otro cliente el poder de la reina, humillando su mente, masacrando su carne y agotando sus fuerzas al extremo del desmayo. Alfredo, convertido ahora en el cabrón particular de la reina más famosa de todos los cines de barriada, llegó a amar tanto a aquella diosa todopoderosa, tan cruel como hermosa, que acabó por estar dispuesto a ofrecer su vida por ella. Desde el suelo, bajo los asientos, alcanzó a ver y oír todo lo que se ha inventado en el mundo del sadomasoquismo y cuando salía del "agujero", su Dueña, sus amigas o sus esclavos parecían haberle reservado la parte más ...
    ... cruel de la sesión. Era como si él fuera el último mono, el más despreciable, el que lleva siempre la peor parte, aquel que es ofrecido a la Diosa para el sacrificio final. Cada tarde veía a pocos centímetros de sus ojos como su Dueña, tras dejar completamente al descubierto la polla y el paquete del viejo, cogía uno de los cordones de su zapato, atándoselo alrededor de los cojones con tal fuerza que la sangre apenas si podía circular hacia aquellos huevos grandes y colgantes como cencerros. Al cabo de pocos minutos, cuando los cojones estaban ya suficientemente enrojecidos por la falta de riego, le obligaba a correrse con dificultad a base de bruscos tirones de cordón, sin mediar en ningún momento el tan anhelado contacto, reconfortante y caliente, de las manos femeninas. Si el viejo tardaba demasiado en correrse, le dejaba clavado un alfiler en los testículos a cambio de aflojar el cordón, dejando así que el flujo sanguíneo se recuperara durante unos minutos. Cuanto más se demoraba la corrida, más alfileres se tenían clavados y mayor era el tiempo de descanso con el cordón aflojado. No era extraño ver a maduros con dos o tres alfileres clavados, esperando a que la mujer acabara con otro cliente mientras ellos permanecían en su peculiar fase de alivio. De esta manera conseguía aumentar la presión y la necesidad psicológica de correrse. Sin embargo, lo verdaderamente impresionante para el chico, lo que con mayor profundidad se quedaba clavado en su mente, era contemplar el ...
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