1. Supertrans


    Fecha: 20/08/2020, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Lib99, Fuente: CuentoRelatos

    ... máscara–.
    
    –¿Quieres que te haga daño?
    
    –Sí.
    
    –Sí, ¿qué? –Le golpea más fuerte–.
    
    –Sí, ama.
    
    –Sí, ama, ¿qué? –Esta vez una gota de sangre mana de la marca roja que deja la fusta–.
    
    –Sí, ama, por favor: hazme daño.
    
    –Eres un puerco.
    
    La sucesión de implacables golpes restallan su eco contra las paredes. El dolor hace que el esclavo se doble sobre sí mismo hasta que su rostro roza el suelo.
    
    –Eso es –ordena la dómina–. Límpiame los pies.
    
    La lengua del hombre se desliza sobre el brillante charol del empeine de la bota. Sube por el tobillo, siguiendo la larga caña hasta alcanzar la piel del muslo. Cuando la lengua roza la ingle un nuevo zurriagazo le detiene.
    
    –¡Basta! –Le ordena– ¡Al potro!
    
    Obediente, gatea hasta el aparato y se tumba boca abajo sobre él, de modo que su culo queda en pompa, permitiendo una visión privilegiada de ambos glúteos, la raja entreabierta y la bolsa escrotal colgando entre los muslos.
    
    Leatherbitch golpea con saña las nalgas, al tiempo que sigue insultándolo y humillándolo, lo que él parece disfrutar profundamente. La dominatriz detiene el castigo y sus manos enguantadas abren la raja del culo, se deslizan por ella acariciando el ano y finalmente agarran los testículos. Una de ellas sujeta la bolsa escrotal por su base, de modo que la piel quede tensa y brillante como si fuera a rasgarse y dejar salir rodando ambos huevos.
    
    –Eres un ser lamentable al que ni siquiera se puede llamar hombre. Estas pelotas no te sirven para ...
    ... nada: debería arrancártelas.
    
    Con la otra mano se las palmea, provocándole un espasmo acompañado de un grito de dolor.
    
    –¿Es lo que debería hacer? –Continúa ella– ¡Vamos, responde! ¿Debería cortarte los huevos?
    
    –Sí –le responde con voz descompuesta–. Sí, ama: córtamelos.
    
    Leatherbitch aprieta con más fuerza los testículos y vuelve a golpearlos con la palma abierta de la mano. Una, dos, tres veces… Se ríe ante los gritos de cerdo sacrificado del hombre.
    
    –Realmente patético –dice–. De verdad disfrutas con esto, ¿eh? Como hombre no vales nada. Veamos como putita.
    
    Se aproxima al panel donde expone una abundante y diversificada colección de consoladores. Coge un arnés, ajusta sus correas alrededor de la cintura y los muslos, y elige uno de los dildos para insertarlo en la ranura que queda delante de su pubis: uno de brillante color negro, largo como una trompa y grueso como una morcilla, cubierta toda su superficie de bulbos y rugosidades. Regresa hacia el potro acompañada de los crujidos del charol de sus botas, balanceando amenazadoramente el imponente falo de silicona; sus irregularidades desprenden pequeños brillos al reflejar la declinante luz que atraviesa los grandes ventanales. Se sitúa ante el enrojecido trasero del hombre, le abre las nalgas, escupe en la abertura y coloca el glande sintético sobre el ano. Parece imposible que esa cosa tan grande pueda caber en un agujero tan pequeño.
    
    –Mejor que no te resistas, zorra. Te dolerá menos.
    
    Aprieta sin ...
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