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Cazador cazado I: Fuego lento
Fecha: 06/10/2021, Categorías: Gays Autor: baco, Fuente: RelatosEróticos
Ya la primavera daba su grito de guerra en las populares calles de Moreno. El viento helado contrastaba con el naciente colorido de los árboles y los verdes brotes sobre la tierra. Sentado sobre su cama, Matías observaba hacia la ventana, suplicando en silencio los primeros rayos de Sol. A su lado, Jorge emitía un ronquido leve pero frecuente. Matías desvió su mirada hacia el reloj colocado en la pared opuesta a la ventana y comprobó que había errado en su percepción del tiempo: era mucho más temprano. Los sucesos de la noche anterior se acumulaban en su cabeza de forma violenta y respondían a situaciones mucho más lejanas que recién ahora podía entender. Se sintió burlado. En el inmenso manto de la trampa. Cuando Jorge descubrió hacia qué dirección apuntaba la brújula de su sexualidad, recién juntaba 9 años cumplidos. En ese entonces era verano y reconoció enseguida el gusto que le daban los hombres esa tarde que su padre lo llevo a pasear en el parque. Antes también había ido, pero quizás nunca se había fijado con tanta atención a aquellos grupos de hombres que competían por hacer más repeticiones en la barra, esos torsos desnudos dorados por el Sol, exigiendo cada músculo al máximo para salir victoriosos de aquella revuelta atlética. Obviamente Jorge tenía armadas las sospechas sobre sí mismo. Pero aquella tarde fue la sentencia. Matías estaba al borde de los calambres, su organismo precisaba de aquel potasio tan bien sabidos de la banana. Pero debía ...
... demostrar ante sus efímeros competidores que él podía. Así que subió de nuevo a las barras paralelas e hizo 36 repeticiones como si no existieran tales magullos musculares. Se gano la aprobación de sus contrincantes y un especial aplauso de un niño que lo veía sentado desde una banqueta. Por algún impulso del momento, Matías le señaló al niño las barras, como una especie de invitación al ejercicio (apenas si le quedaba aliento para pronunciar una palabra). El niño miró a su padre y este le dió su aprobación con un "andá". La simple acción de elevar a ese niño del suelo hasta las barras desencadenó una cadena de acontecimientos que muchos años más tarde se sentaría Matías a recordar mientras esperaba el primer Sol de la primavera. Cuando el chico grandulón, de rasgos finos acentuados por una barba pareja y bien cuidada le señaló las barras, Jorge no dudó en ir hacia él. Con previa aprobación de su padre que descansaba sentado en la misma banqueta. El placer inexplicable que sintió Jorge al sentir como aquellas manos grandes, ásperas y fuertes lo sujetaban de la cintura y lo elevaban hasta los fierros paralelos fue brutal. Su suspiro pasó inadvertido por los aplausos y gritos de apoyo de los demás hombres allí congregados al sano ejercicio. Jorge se esforzó en competir, pero no tenía ni técnica ni fuerza en ese momento. Y de nuevo volvió a sentir esas manos que se colaban accidentalmente por dentro de su remera y le paralizaban la piel. El gesto amable del grandulón fue ...