1. La casada decente, hasta que llegó su hora


    Fecha: 10/12/2021, Categorías: Incesto Autor: Quique., Fuente: CuentoRelatos

    Sebastián tenía veinte años y era moreno, alto, de ojos azules, delgado y estaba cachas, pero era un vago, un sinvergüenza y un mujeriego incorregible. Su hermano Miguel era cuatro años mayor que él, más bajo, menos guapo y no estaba cachas. Siempre fuera su ejemplo a no seguir, o sea, era formal y responsable, tenía trabajo estable y estaba casado con Eva, una mujer de veinticuatro años.
    
    Sebastián se encaprichó de Eva la primera vez que la vio, y sus motivos tenía. Era una mujer muy alta, tenía larga melena pelirroja y rizada, grandes ojos azules, tetas gordas, cintura estrecha, caderas anchas y culo generoso. Intentó llevarla al huerto antes de casarse con su hermano, pero pinchó en hueso. Su hermano Miguel llevara a vivir con él a su casa nueva a Eva, a su suegra y a Sebastián y el cabronazo siguió en su empeño de follarla.
    
    Cierto día estaba Eva lavando los platos después de comer cuando fue Sebastián a llevarle su pocillo de café, poniéndolo en el fregadero y hablando en bajito para que no lo oyera ni su hermano Miguel ni Teresa, la madre de Eva, una cuarentona, morena, de estatura mediana, rellena y de muy bien ver que había enviudado dos años atrás y que era la decencia personificada, le dijo:
    
    -Qué culo más rico tienes, Eva.
    
    También en bajito, le dijo ella:
    
    -Un día le voy a decir a tu hermano que me acosas.
    
    -A cosas jugaba yo contigo.
    
    Después de soltar la primera tontería del día volvió a la sala junto a su hermano y Teresa... Así llevaba más de ...
    ... un mes, diciéndole tonterías. Eva, cómo no la tocaba, callaba, y Sebastián cada día se sentía más cómodo metiéndose con ella y esperando el momento de saltarle encima. Ese momento llegó un viernes por la mañana que Teresa se fuera al supermercado y Miguel se fuera a trabajar.
    
    Eva estaba en su habitación haciendo la cama, estaba inclinada metiendo la sábana debajo del colchón y Sebastián le puso la mano en el coño. Eva se dio la vuelta le metió una hostia con la mano abierta que se debió oír el chasquido en el pueblo de al lado. Tenía cara de loca, cuando le dijo:
    
    -¡Las manos quietas, desgraciado!
    
    Sebastián puso una mano en la mejilla dolorida, después saltó sobre ella cómo un tigre y ambos cayeron encima de la cama. Eva, revolviéndose, le dijo:
    
    -¡Quita!
    
    Sebastián no estaba por la labor de soltar a su presa.
    
    -¡Te voy a devorar!
    
    Le agarró los pulsos y quiso besarla, Eva girando la cabeza hacia los lados y revolviéndose debajo de él, le dijo:
    
    -¡Déjame, cabrón!
    
    -Acabarás por dejarte.
    
    El forcejear y la polla empalmada frotándose con su coño estaban poniendo a Eva cachonda. Se relajó un poco y Sebastián logró poner su boca en la de su cuñada, besarla, y después decirle:
    
    -Deja que pruebe tu coño.
    
    -¡Estás loco!
    
    -Loco por ver cómo te corres.
    
    Eva dejó de ofrecer resistencia.
    
    -Suéltame.
    
    -Deja que te lo coma.
    
    -No.
    
    -Solo olerlo por encima de las bragas.
    
    -No.
    
    Le dio un beso con lengua, largo, muy largo. Eva se dejó besar.
    
    -Solo ...
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