-
La casada mal follada
Fecha: 22/01/2022, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Anónimo, Fuente: RelatosEróticos
Eusebio, un hombre maduro y atractivo, le preguntó al recepcionista de hotel donde se alojaba: -¿Sabes a dónde podría llamar para encontrar a una joven de piel oscura, de 19 a 24 años que se deje hacer de todo y que tenga el coño peludo? -¿Lo del coño peludo es una condición indispensable? -Sí, me gustan las mujeres con el coño peludo. -Y a mí, pero en chicas de compañía son muy difíciles de encontrar. ¿Cuánto estaría dispuesto a pagar? -Cien euros. -¿A qué hora la querría en su habitación? -Entre las ocho y las nueve. -Esta noche trabajo. Lo llamaré cuando llegue... Si consigo una chica así. Paso a contar la historia en primera persona. Eran las ocho y media de la tarde cuando la muchacha llamó a la puerta de la habitación del hotel, abrí y la vi. Tendría 19 o 20 años y medía más de un metro ochenta. Era mulata, casi negra. De los lóbulos de sus orejas colgaban dos grandes aros de plata. Su cabello era negro, rizado y cortito. Sus ojos negros, pintados con tonos del mismo color, eran grandes e iluminaban su bello rostro, un rostro con una nariz pequeña, una boca grande con labios carnosos pintados de rojo y una barbilla con un pequeño hoyuelo. Olía a lavanda, y llevaba puesto un abrigo de piel de color negro que hacía juego con sus zapatos de plataforma y su bolso de mano. -¿Espera compañía? -preguntó con una sonrisa en sus sensuales labios. El recepcionista no me había llamado, pero si duda era la chica que estaba esperando. -Esperaba ...
... -le hice un gesto con la mano para que entrase y entró en la habitación. Echó un vistazo y vio lo que había: Una cama con un cobertor de color blanco, dos mesitas de noche y dos lámparas en la pared (encima de la cabecera y encendidas), un armario, un par de sofás, y una coqueta sobre la que había una botella de Freixenet, un par de copas, una bandeja de pastelitos y un reproductor de cassetes. La mulata se acercó a la ventana, corrió la blanca cortina de seda, echó un vistazo, y dijo: -Una vista preciosa -volvió a correr la cortina-, pero no vine aquí a relajarme viendo vistas. Se dio la vuelta y se quitó el abrigo. Llevaba puesta lencería de color blanco. Echó el abrigo sobre un sofá, y me preguntó: -¿Le gusto, don...? -dio una vuelta de 180 grados para que la viera bien- ¿Le pongo? ¡Cómo no me iba a gustar! ¡Cómo no me iba a poner! Tenía unas tetas tan grandes que parecía que le iban a reventar el sujetador. Su cintura era estrechita, sus caderas anchas, su culo respingón y sus interminables piernas rozaban la perfección. -Nada de don... Cuando acabe contigo, te habrás corrido tantas veces que me vas a llamar Pepiño. Se sentó en el borde de la cama, y me dijo: -Yo solo me corro con mi marido, y pocas veces. -Conmigo será diferente. La mulata no tenía gana de cháchara. Me preguntó: -¿Qué quieres que te haga? -Seré yo el que te haga... Quiero regresar a los setenta contigo. -El cliente manda. ¿Me das los cien euros? Cogí el dinero en ...