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Disfrutando de una joven en un parque público
Fecha: 27/08/2022, Categorías: Confesiones Autor: Orpherius, Fuente: CuentoRelatos
... de lo necesario. Me pareció en ese momento una chica cariñosa. Al separarnos, dice: ―¿Te apetece que vayamos a alguna parte? Yo me quedo parado un instante. No me lo esperaba. ―Sí… claro. ¿En tu coche? ―Sí, yo conduzco ―dice, y nos subimos en su "bólido", como lo llamó ella. Por como hablaba de él, se notaba que le tenía cariño. Mientras conducía, hacía algunos comentarios sobre las zonas que íbamos pasando. Yo no las conocía, así que me fue haciendo de guía. De pronto, veo que pone tímidamente su mano derecha sobre mi muslo. Me acaricia, sonríe. Yo la miro de reojo, un poco sorprendido, sonriendo también. Entonces pongo mi mano sobre la suya y se la tomo. Nos acariciamos, jugamos con los dedos. «Qué cariñosa», pensé. Durante todo el trayecto, ya no abandonamos este juego. A veces, ella tenía que cambiar de marcha y me soltaba la mano durante unos segundos, pero enseguida volvía a cogérmela o yo iba a buscar la suya. Parecíamos dos tortolitos. ―Se me acaba de ocurrir un sitio chulo ―dice de repente. ―¿Ah, sí? ―Sí, te va a gustar ―dice, contenta. Nos bajamos en una zona residencial muy tranquila. No se oía un alma, tan solo nuestras voces, las puertas del coche al cerrarse y nuestros pasos en la acera. Me había llevado a una especie de parque, y parecía tener muy buena pinta. ―Pero está cerrado, ¿no? ―le digo. Ella se sonríe y no me contesta. Se echa a andar delante de mí. Rodeamos unos muros de piedra y llegamos a una cancela ...
... herrumbrosa. ―A ver si hay suerte ―dice girando el pomo. La hubo, y la puerta chirrió levemente. ―Vaya… ―dije en voz baja, sin romper el silencio de la noche. Pasamos dentro y comenzamos a subir y bajar algunas escaleras. Estaba lleno de recovecos, de pequeños muretes, de bancos de piedra, de árboles y plantas. Ella va delante de mí y me lleva de la mano. Es su lugar secreto. ―He venido aquí otras veces ―me confiesa riendo. Se lo conoce bien, no me cabe duda. De cuando en cuando, ralentiza el paso o se detiene y se pega a mí, frotando sus nalgas contra mis pantalones. Me sorprende su gesto juguetón. Yo la rodeo con el brazo y la atraigo hacia mí por el vientre. Acerco mi boca a su cuello, le huelo la melena, le doy algún beso en el cuello. A medida que avanzamos, nos va llegando un murmullo de agua cayendo. Al llegar a un rellano, vemos de dónde procede el sonido: en un pequeño estanque lleno de nenúfares, cae un chorrito de agua que sobresale de la pared empedrada. Sobre el murete que rodea el estanque, Vicky deja su bolso y el móvil y se apoya de espaldas. Me echa las manos al cuello, sonríe y nos besamos. Tras unos instantes, miramos hacia los lados. Está completamente oscuro y no se oye nada ni nadie, pero quizás es demasiado espacioso. ―¿Andamos un poco más? ―dice―. Más arriba hay un sitio más discreto. ―Claro ―le digo, y volvemos a subir escaleras. Llegamos a un nuevo rellano, pero ya no se puede seguir más arriba. Parece una atalaya, y desde allí ...