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El ancho de un hilo
Fecha: 03/02/2023, Categorías: Confesiones Autor: Anónimo, Fuente: RelatosEróticos
La diferencia entre dios y el diablo muchas veces no es más que la distancia de un hilo, y si no lo ves no pasa nada, pero como lo puedas distinguir jamás tu vida será igual, nunca más confundiras el comer con el ver comer, ni el follar con el cielo absoluto. Cada uno llega al nirvana a su ritmo, pero en mi caso cada vez que he avanzado pasos agigantados en mi disfrute con las mujeres, estaba tan cerca el goce absoluto, como de la absoluta imbecilidad en el sexo, tanto que luego parecia mentira no haberlo visto antes. Con ventipocos me creía el rey del mambo, como todos, y tenía una idea clara de lo que necesitaban las mujeres, un buen pollón, follarlas lo más posible y poco más, y para ser un caballero avisar cuando te corres; aunque a veces tenía dudas si tenía que dar las gracias o no. Pero antes de los veinticuatro, con tres episodios casi seguidos se me cayeron los palos del sombrajo. Mi idea de las mujeres cambió de una forma radical , y en cada ocasión todo dependió de un hilo. Tenía una semana para descansar en mi ciudad antes de viajar al siguiente trabajo. En mi casa no me comía un torrao normalmente, sería que ya no conocía a nadie, o que mi acento no llamaba la atención, o sería que se me veía la desesperación en la cara, no se, el caso es que lo normal es que acostara harto de copas. Sentada en la barra a mi derecha había una rubia impresionante, unas tetas enormes, y una boca carnosa y húmeda, tragaba saliva y se relamia sonriendo constantemente al ...
... camarero. Intentaba hablar con el, un muchachito guapo de almanaque que no le hacía ni puto caso. Por más que la rubia hacía o decía, el otro no reaccionaba, y cualquiera menos ella podía ver que estaba asustado con semejante hembra. Yo me dije, nada que perder, probemos. Ella era inglesa, de unos veinticuatro, y era como Samanta Fox, (por la época estaba de moda lo de los vigilantes de la playa). Como se veía que iba detrás del camarero yo hice como que quería conversar, y hablábamos de literatura inglesa, creo, aparte de escultural era una intelectual que había venido a dar clases a mi ciudad. Pero a mi me tenía loco con esos labios rojos y esa boca que no paraba de salivar. Aguanté la noche como pude, y cuando ella vió perdida su causa con el guaperas de la barra dijo que quería irse a casa. La acompañé tranquilamente paseando, en animada conversación literaria, ni siquiera la rocé, paseábamos sin prisa. Con la excusa de una copa en el camino nos desviamos algo de la ruta. Era tarde para el pub, si es que había alguno abierto ya. Nos sentamos en un banco solitario de un parquecillo y seguíamos nuestras elucubraciones sobre no se qué autor. Y entonces miré el reloj. Era tarde, me quedaban pocos días de estar en mi casa, tenía unas tetas impresionantes, y una boca húmeda que no paraba de mover, gesticulando mucho con la lengua al pronunciar, pero no me había dado oportunidad ni de tocarla, y la noche se acababa, y si quería encontrar algo abierto debía irme ya. Sentados en ...