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El ginecólogo, el hijo y la nuera
Fecha: 06/04/2023, Categorías: Incesto Autor: Ulpidio_Vega, Fuente: CuentoRelatos
Carolina es una mujer sensual, tiene 32 años y hace tres que conoció a mi hijo en la oficina. Venía de un matrimonio largo y desgastado con un hombre de mi edad, 54 años, que se fue deteriorando en la medida en la que pasaban los años y los hijos no llegaban. Morena, con unas piernas esculturales y una cintura bien marcada que hace que sea imposible mirarle el culo cada vez que nos juntamos en los asados familiares de los domingos, en los cumpleaños y en las fiestas. De tetas redondas y pezones bien marcados, siempre se vestía con blusas escotadas. Las veces que la vi con tacos y minifalda la pija se me puso dura instantáneamente. Era la mujer de mi hijo así que eso también me permitía ser muy cortés con ella, acariciarle los hombros por detrás o darle un abrazo para sentir el calor de sus tetas en mi pecho. Ella también siempre fue muy cariñosa conmigo. Era una hermosura por donde se la mirara y siempre tenía salidas pícaras para cualquier circunstancia. “Si tu hijo heredara algunas cosas tuyas que me han contado, mi matrimonio sería mucho más divertido y placentero”, me dijo una vez medio borracha después de un cumpleaños de mi esposa. Solía ocurrir que en la mayoría de las reuniones siempre terminábamos en el sillón tomando unos wiskis y escuchando música clásica, en la sala preferida de la casa, las que todos consideraban mi lugar en el mundo. “Vos te debés cansar de tocar conchas”, me disparó esa noche muy borracha. “Yo estoy medio cansada de que nadie me toque la ...
... mía”. Se notaba que el alcohol la había excitado al mango. Yo sentí el impacto de sus palabras porque no pude evitar una erección. “Miralo vos al doctorcito de mujeres”, me dijo con una sonrisa. Yo me quedé sin palabras. O preferí no decir nada. Me estaba calentando con la mujer de mi hijo y eso me ponía algo incómodo. Asentí su comentario con una sonrisa y una palmada en el hombro. Por suerte mi hijo llegó y la situación se descomprimió. Yo crucé las piernas para evitar que se notara que Carolina me había calentado con apenas tres palabras. Por momentos sentí que me miraba la entrepierna mientras mi hijo comenzaba con la despedida. Algo había cambiado en mi relación con mi nuera. Y sólo restaba saber si había sido una calentura momentánea o este hembrón me había puesto en la mira para saciar sus deseos. Los días fueron pasando y la cosa se fue enfriando. Al menos con ella porque yo había quedado con una calentura de novela. Me acordaba de esas piernas, de estas tetas y de esa provocación y la pija se me ponía tiesa. Alguna que otra vez tuve que hacerme una paja, pensando en lo durito que debería tener el culo y lo que le debía gustar que se lo rompieran. Tenía que ponerla urgente. Y sucedió eso que a veces nos pasa a los ginecólogos cuando estamos calientes: me llamó la paciente más puta y menos peligrosa: Lorena, la hija de mi mujer. Tengo un departamento privado, con una camilla que disimula bien ser un consultorio. Atrás tengo un regio cuarto con una cama inmensa ...