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El Cliente de mamá
Fecha: 15/04/2023, Categorías: Incesto Tus Relatos Autor: Jos Lira, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
... cabrón, Erik, cuánta razón tuviste al elegir a esta deliciosa jamona! —me dijo Alex arrepentido por haber dudado de mi ojo clínico—. Con semejante hembra a tu servicio te aseguro que quedarás deslechado por casi quince días. No como la putilla que elegí yo anteayer, que no me hizo sentir nada. —¡No jodas, Erik! —continuó Francisco—, ¿cómo crees que será morir asfixiado con semejantes tetas y culazo? Porque ya viste tremendo culo que se carga esa cabrona, ¿eh? Mi hermano, tienes que obligar a esta perra a que se siente en tu cara. ¡Muere asfixiado con su culo! Y yo me regodee al ser la envidia de este par de cabrones, que ahora rectificaban su opinión respecto a mí y el prototipo de mujer que me gustaba. Es que yo soy así. Siempre me gustaron las mujeres maduras, y desde que recuerdo he tenido el fetiche particular por aquellas que tienen carnes abundantes de manera natural. Por lógica sabía que una mujer madura tenía más experiencia en la cama que una chica de mi edad, y con la buena de Astrid no me equivoqué. Fue entrar a mi cuarto, despojarla de su ropa y matarla a pollazos. La manera que tenía Astrid de menearse sobre mi pene cuando se ensartaba sobre él, aunado a la potencia de sus gemidos, provocó que no pudiera dejar de fornicarla toda la noche, como un auténtico verraco. —¡Ay, papito… qué rico me la metes! ¡Auuugggg! —gritaba ella estrellando sus grandiosas nalgas contra mis huevos—. ¡Dame, duro, duro, así, así, asíiiiii! ¡Hoooh, Erik, sí, ...
... sí…! —¡Oh, carajo… carajoooo! …—jadeaba yo, bombeándola con la fuerza de mi juventud, mientras ella se meneaba contra mi pelvis y se corría empapando las sábanas de mi cama. —¡Me corro cabrónnnnn! Y aunque para entonces yo no tenía mucha experiencia con mujeres, supe de inmediato que esas mamadas de verga y huevos que me propinaba esta deliciosa madura no las hacía cualquiera, sólo una experta como ella. —¡Dime que soy tu puta, Erik, dime que soy tu putaaaaa…! —me exigía tres horas más tardes, mientras se prendaba de mi erección como becerra en brama. —¡Putaaaa! —bufaba yo, viendo cómo toda mi longitud fálica desaparecía en segundos en su jugosa boca, traspasando su garganta mientras ella babeaba a borbotones sobre mi tranca y testículos—. ¡Eres mi puta… oh… sí, eres mi putaaaa! —¡Haaaaahhhhh! Y como era de suponerse, a mis compañeros de pasillo, muy poco los dejé dormir esa noche. Astrid, como buena sexoservidora, se fue muy temprano de mi cuarto. Ni siquiera la sentí cuando se marchó. Sin embargo, al amanecer, yo fui la sensación del pasillo, especialmente entre Alex y Francisco, mis vecinos inmediatos, que morbosamente entraron a mi cuarto sin tocar a la puerta para verificar que mis sábanas estaban mojadas por sus flujos. Yo todavía estaba en bóxer y en camisa. —¡No me jodas, cabrón! —me dijo Alex, maravillado, mirándome como si yo fuese un dios, oliendo la sábana mojada como un vil asqueroso—. ¡Esta sábana apesta a puta! ¡La prueba inapelable de que esa ...