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Recuerdos de una vida laboral
Fecha: 16/09/2023, Categorías: Confesiones Autor: Elisa G, Fuente: CuentoRelatos
Desde hace algunos años he participado esporádicamente en distintos chats de los muchos que se encuentran en internet. Normalmente los que más he visitado han sido los de más de 40 años. Encuentro que, independientemente de lo heterogéneo de los participantes, el chat es un procedimiento de comunicación entre personas desconocidas que aportan sus ideas, comentarios, opiniones y propuestas que se difunden bien en las páginas generales o en los privados que pueden abrirse bilateralmente. Los contenidos son tan libres como espontáneos siendo imprevisible la expresión de cada cual. La situación generada con la pandemia que padecimos incrementó mis conexiones, ya que las actividades que habitualmente ocupaban mi tiempo han quedado relegadas en espera de mejores tiempos. Suelo usar un nick compuesto por mi nombre unido a mi edad (46). Los mensajes que recibo en privado son variopintos y diferentes si bien es cierto que abundan los de contenido sexual variando la temática según la personalidad de cada comunicante, desde simples alusiones a aspectos personales a alucinantes propuestas rayanas en lo disparatado. Hay una variante no muy frecuente pero realmente repetida en la que se pregunta si se realiza sexo a cambio de dinero. No sé si lo que se pretende es realmente establecer un contacto de esta índole o simplemente es una provocación lúdica de alguien desocupado. En todo caso, para evitar posibles confusiones yo me limito a cerrar la comunicación o contestar ...
... tajantemente que no. Aun así estas demandas me han hecho reflexionar sobre el fondo de la cuestión. ¿Hasta que punto las mujeres tenemos interiorizado que el sexo es una fuente de recursos desde un punto de vista histórico y antropológico? Aunque personalmente rechazo esta interpretación no puedo evitar reconocer que en mi experiencia personal han existido influencias más o menos vinculadas a este tipo de comportamiento. La primera de ellas es una que jamás reconoceré personalmente pero que en mi fuero interno no puedo ignorar: dudo mucho que yo me hubiera casado con mi marido si hubiese sido pobre y no gozara de una posición desahogada. La segunda, mas evidente aunque igualmente no reconocida, tuvo lugar en el ámbito laboral en que me encontré hace ocho años. Entonces trabajaba en una empresa cuyo nombre no hace al caso mencionar por razones obvias. Mi puesto era de una simple administrativa adscrita a la Subdirección Financiera de la Compañía. El jefe de la misma, un vejete simpático, competente y razonablemente pasota que terminó sus últimos momentos, previos a su jubilación, dirigiendo la unidad con la solvencia que le proporcionaba su amplia experiencia sin crear tensiones entre el personal y manteniendo un clima de discreto paternalismo. Su vacante se cubrió rápidamente con la incorporación de un ejecutivo relativamente joven 38 años (por cierto, igual que mi edad), que, casualidades de la vida, era el yerno de uno de los socios mayoritarios de la ...