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El sobrino depravado
Fecha: 05/01/2024, Categorías: Incesto Autor: Gabriel B, Fuente: CuentoRelatos
Salgo de la ducha, froto el vidrio empañado del espejo y me observo mientras me seco. Sé que hay algo que no anda bien, pero no alcanzo a entender de qué se trata. De hecho, cuando pienso en ello, me agarra un terrible dolor de cabeza. Es mejor no pensar, dice una voz en mi mente. Voy a mi cuarto, envuelta en una toalla. Mi cuerpo húmedo está completamente depilado, y antes de bañarme pasé diez minutos en el bidet. Me siento impecable, hermosa, pura. Y sin embargo sé que algo no anda bien. Mejor no pensar… Sobre mi cama está la ropa que me debo poner: una minifalda elastizada y ceñida color gris, y un top negro con los hombros desnudos. La ropa interior es una diminuta tanga con encaje. Me pongo entonces esa ropa, que más que vestirme me hace sentir desnuda, completamente expuesta. La minifalda de cintura alta es muy corta y se adhiere a mis carnosos glúteos a la perfección; el top es muy pequeño para unas tetas tan generosas como las mías. Cuando termino de vestirme me siento delante del pequeño espejo que tengo en la habitación, me maquillo, me peino el cabello lacio y negro con un rodete, me pinto los labios de rojo. ¿A dónde voy? Alcanzo a preguntarme. Pero la respuesta solo es una dolorosa jaqueca. Me pongo los zapatos de tacones altos. Me hacen ver más alta de lo que soy, y las piernas lucen muy elegantes. Agarro mi cartera y las llaves de la casa y salgo a la calle. Podría usar el auto pero no lo hago. Y eso que ir caminando con mi apariencia ...
... en pleno domingo por la tarde podría hacer que alguna vecina hable de más y me cause problemas. No es que yo misma considere que esté mal vestirme así, pero casi nunca lo hago, y no puedo negar que el hecho de que una mujer casada, cuyo marido se encuentra en un viaje laboral, camine sola con mi atuendo por la calle, es algo atípico, y se presta a las habladurías. Por suerte parece que casi todos los vecinos duermen la siesta. Camino una cuadra, dos cuadras, tres cuadras, cuatro, cinco. Mis tacones hacen un fuerte ruido cuando pisan las baldosas, haciendo difícil que pase desapercibida. En una esquina hay dos jóvenes tomando una cerveza. Me miran con asombro, me silban con descaro. Debería cruzarme de vereda, pero paso al lado de ellos como si quisiera provocarlos. Enmudecen cuando me tienen a unos centímetros. Siento como si estuvieran conteniendo la respiración. Recién cuando les doy la espalda salen de su estupefacción. Siento sus miradas lascivas a la vez que un vientito se mete por debajo de la pollera y sopla sobre mis muslos desnudos. Entonces los escucho hablando entre ellos. “Que pedazo de culo” dice uno de ellos en voz alta. “¿Viste esas tetas? Parecen que van a explotar” dice el otro. Apuro el paso. Qué locura, si para mi eran muy chicos. Debían de tener aproximadamente la misma edad que Camilo, mi sobrino. Unos dieciocho años. Al pensar en Camilo siento que una corriente eléctrica atraviesa mi cuerpo. ¡Claro, eso era! Debía ir a ver a Camilo. El ...