1. Confesión: el inicio de mi exhibicionismo


    Fecha: 03/10/2025, Categorías: Confesiones Autor: ExpuestaFem, Fuente: TodoRelatos

    Volvía tarde de clase. El tren iba lleno, pero no tanto como para aplastarnos. Aun así, sentí ese cuerpo detrás de mí. No me giré. No quise mirar. Solo lo sentí… un bulto duro, caliente, presionándose entre mis nalgas mientras el tren avanzaba. Pensé que había sido un roce al principio, pero luego, cuando noté cómo se acomodaba mejor, cómo esa dureza se alineaba justo en el centro de mi culo, supe que no era casualidad.
    
    Y no hice nada.
    
    Al contrario. Me dejé llevar.
    
    Empujé levemente mi cuerpo hacia atrás, como si el vaivén del vagón me obligara, pero no era el vagón… era mi deseo. Ese roce me nubló la mente. Sentía que me derretía por dentro. Los pezones se me endurecieron bajo el sujetador, y mi respiración se hizo corta, entrecortada. Me imaginaba cosas... cosas sucias. Que me subiera la falda, que me follara allí mismo, frente a todos, como en esas escenas imposibles que uno ve y desea en secreto.
    
    Entonces sentí su mano.
    
    Se apoyó en mi cintura. Por un segundo me tensé, me asusté. Pero no me alejé. Me quedé quieta. Y cuando noté que no intentaba hacer más que eso —sujetar, sentir, marcar su presencia—, me abandoné por completo. Él presionaba su verga contra mis nalgas y yo… yo arqueaba más la espalda, empinando el culo, deseando sentirlo más fuerte, más claro, más real.
    
    Mi coño palpitaba. El calor entre mis piernas me subía hasta el cuello. Estaba rodeada de gente, nadie decía nada. Nadie parecía notar nada. Pero yo me estaba derritiendo ahí mismo. Quería ...
    ... que me tocase, que me bajara la ropa interior, que me penetrara sin preguntar, sin hablar. Yo no iba a decir que no.
    
    Y justo cuando sentí un apretón suave en una nalga, cuando ya estaba a punto de gemir como una puta necesitada, el calor desapareció. Miré al frente. La parada. Se había bajado.
    
    No lo seguí con la mirada. No quería romper la fantasía. El anonimato me encendía más que cualquier rostro.
    
    Esa noche, al llegar a casa, me fui directo al baño. Me desnudé con rabia, con hambre. Tenía la vulva tan hinchada que dolía. Me metí a la tina y abrí el agua caliente. Me senté con las piernas abiertas, temblando de ansiedad. No me guardé nada. Me froté el clítoris con fuerza, de lado a lado, mientras con la otra mano me metía el dildo más grande que tenía. Me lo metía hasta el fondo, jadeando, gimiendo sin control. Nadie podía oírme. Vivía sola. Y yo me sentía salvaje.
    
    Imaginaba que no era un dildo… sino esa verga dura del tren. Que él me agarraba del cuello, que me follaba ahí mismo en público. Que otro hombre se unía. Que me quitaban la ropa, que me ofrecía desnuda en el vagón como una perra… que me llenaban la cara, el cuerpo, que me usaban. Me corrí en esa tina, con el cuerpo arqueado, con la boca abierta, sin contener los gritos. Y aun así… no fue suficiente.
    
    Dormí temprano, pero no en paz.
    
    En mis sueños me penetraban varios, sin preguntar, sin hablar. Me arrodillaba frente a ellos, abría la boca, la vulva, todo… y los dejaba hacerme lo que quisieran. Me ...
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