1. Abuse a mi roomie. Gay


    Fecha: 28/11/2025, Categorías: Dominación / BDSM Fetichismo Gays Autor: C-MAN.GE, Fuente: SexoSinTabues30

    Me llamo Alfonso, tengo 22 años, y vivía en un depa chiquito con Emiliano, mi rommie de 26. Era el verano del 2008, y el calor en la ciudad estaba bueno. Emiliano era un vato que no pasaba desapercibido, aunque no hacía nada para que lo vieras. Metro setenta, piel trigueña, con unas cejas pobladas que parecían gritar «mírame» y unos ojos café oscuro que te atrapaban como si fueran un anzuelo. Su cabello rizado, castaño oscuro, con un fade ya algo crecido, le daba un aire relajado pero chido. La barba de tres días le sumaba un toque rudo, y su cara, bien definida, con la mandíbula marcada, tenía esa vibra de galán de telenovela, pero sin caer en lo exagerado. Sus pómulos resaltaban lo justo, y su nariz recta terminaba en unos labios que, joder, parecían pedir a gritos que alguien los probara.
    
    Sus manos, venosas, parecían contar historias de sus entrenamientos. Sus piernas, peludas con vellos rizados, eran de esas que te hacían pensar en fuerza bruta, y sus pies… huy, sus pies. Largos, venosos, con vello en el empeine y un poco en los dedos. Era como si todo en él estuviera diseñado para volverme loco, aunque él no tuviera ni idea. Sus axilas, peludas, y ese vello recortado en el pecho que se negaba a desaparecer, eran detalles que me tenían idiotizado desde que se mudó conmigo.
    
    Ese día llegué de la uni, cansado, con el sol pegándome en la nuca. Abrí la puerta del depa y ahí estaba Emiliano, tirado en el sillón, jugando a la play con los pies subidos en la mesa de ...
    ... centro. Llevaba unos calcetines blancos, sucios en las suelas, y movía los dedos como si se estuviera rascando. El salón apestaba a macho, a sudor, a pies. Había tenido entrenamiento ese día, y el olor estaba bueno. No era desagradable, no para mí. Al contrario, me puso los nervios de punta, el corazón me latía como si estuviera corriendo un maratón.
    
    Dejé mi mochila en la mesa del comedor, tratando de actuar normal, pero mis ojos se iban solos a esos calcetines sucios. Me imaginaba el sudor atrapado ahí, la humedad caliente de sus pies después de horas de entrenamiento. Intenté disimular, pero era como si mis ojos tuvieran vida propia. Emiliano estaba tan metido en su juego que no se daba cuenta de nada, solo movía el control con esas manos venosas, gritándole a la pantalla cada vez que algo salía mal.
    
    En un momento, perdió la partida. Soltó un rugidito de frustración, levantó los brazos con el control en la mano, y el olor de sus axilas rociaron el ambiente. Puso pausa y bajó los brazos, dejando el mando en su regazo. Entonces me volteó a ver, con esa mirada de cazador que me ponía la piel chinita.
    
    —¿Qué tal te fue, wey? —me preguntó, casual, como si nada.
    
    Me giré, apoyándome de espaldas en la mesa del comedor, tratando de mirarlo a los ojos. Pero, joder, mis ojos se fueron directo a sus pies. No pude evitarlo. Esos calcetines sucios, los dedos moviéndose, el olor que llenaba el aire. Intenté responder algo coherente, pero solo balbuceé un “bien, wey, bien”.
    
    Él ...
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