1. Abuse a mi roomie. Gay


    Fecha: 28/11/2025, Categorías: Dominación / BDSM Fetichismo Gays Autor: C-MAN.GE, Fuente: SexoSinTabues30

    ... frunció el ceño, como confundido, y se dio cuenta de que no le quitaba la vista a sus patas. Ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos.
    
    —¿Qué, wey? ¿Qué tanto me miras? —dijo, con un tono que mezclaba curiosidad y burla.
    
    Tragué saliva, sintiendo que la cara me ardía. No supe qué decir, solo balbuceé algo sin sentido, como un pendejo.
    
    —¿Te pregunté qué, wey? ¿Qué tanto me miras las patas? —insistió, y de repente, como si quisiera provocarme, empezó a mover los dedos dentro de los calcetines, como si los estuviera flexionando adrede—. ¿Qué, apoco te gustan mis patas?
    
    Me quedé helado. Sentí un nudo en el estómago, y mi corazón se aceleró tanto que pensé que se me iba a salir del pecho. Me giré rápido, fingiendo que sacaba algo de mi mochila, cualquier cosa para no seguir haciendo el ridículo. Él seguía hablando, contándome no sé qué mierda de su partido, pero yo apenas lo escuchaba. Mi cabeza estaba en esos pies, en ese olor, en la idea de tocarlos.
    
    Y entonces, no sé por qué carajos, se me ocurrió soltar:
    
    —Oye, ¿quieres un masaje en los pies?
    
    El silencio que siguió fue como un balazo. Emiliano soltó una risa nerviosa, de esas que salen cuando no sabes si te están vacilando o qué pedo.
    
    —Ha, ¿chinga, y ahora? ¿Qué, ahora eres masajista o qué? —dijo, cruzando los brazos y retirando los pies de la mesa, como si de repente se sintiera expuesto. Su lenguaje corporal gritaba inseguridad: los hombros tensos, los brazos apretados contra el pecho, la mirada ...
    ... esquiva.
    
    —No, wey, nomás digo… pa’ que te relajes —insistí, tratando de sonar casual, aunque por dentro estaba temblando como gelatina. Mi voz salió más aguda de lo normal, y me odié por eso.
    
    Emiliano se quedó callado un segundo, mirándome como si intentara descifrarme. Luego volvió a reír, pero esta vez más suave, como si la idea le diera curiosidad.
    
    —¿Neto? ¿Un masaje? —dijo, rascándose la nuca, todavía con los brazos cruzados—. No mames, wey, qué cosas se te ocurren.
    
    —Va, wey, no pasa nada. Tú relájate —dije, forzando una sonrisa, aunque sentía que las piernas me temblaban.
    
    Él dudó, mirándome de reojo, como si no estuviera seguro de si seguirme la corriente o mandarme al carajo. Pero al final, con un suspiro exagerado, volvió a subir los pies a la mesa.
    
    —Órale, pues, pero si me haces cosquillas, te madreo —dijo, medio en broma, medio en serio.
    
    Me acerqué, con el corazón latiéndome en la garganta. Me agaché junto a la mesa, y cuando mis manos estuvieron a centímetros de sus pies, sentí el calor que desprendían, incluso a través de los calcetines. El olor a sudor era más intenso ahora, y juro que casi me mareo. Mis manos temblaban cuando toqué el primer calcetín, y él dio un pequeño brinco, como si no estuviera seguro de lo que estaba pasando.
    
    —Tranquilo, wey —dije, más para mí que para él, mientras empezaba a presionar con los pulgares la planta de su pie. La tela del calcetín estaba húmeda, cálida, y el olor me golpeó de nuevo, haciendo que mi cabeza diera ...
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