1. Fue solo un susto...


    Fecha: 26/12/2025, Categorías: Hetero Autor: MeyLicha, Fuente: CuentoRelatos

    Es raro pensar que todo lo pasó en septiembre de 2022. Un mes que empezó como cualquier otro, con la rutina de siempre, las mismas salidas con amigas y el trabajo que me tenía bastante atada.
    
    Pero algo cambió. Algo se rompió en el aire y, de repente, me encontré en medio de una historia que no planeaba contar, pero creo que está bueno para generar conciencia. Acá va…
    
    Aye siempre fue mi brújula torcida.
    
    No es una hermana mayor cualquiera, sino esa especie de figura materna que me enseñó a moverme entre el caos con la frente alta.
    
    Nació once años antes que yo, soltera empedernida, fanática del rock nacional, los tatuajes y la marihuana. Siempre fue fuego y trinchera. Siempre fue todo lo que yo intenté no ser… hasta que entendí que resistirme a su influencia era como querer frenar una tormenta con un paraguas roto.
    
    Una noche de viernes, me arrastró a un bar que olía muy raro, a cerveza derramada y humo denso.
    
    —Dale, no seas amarga, hoy toca Darío —me dijo.
    
    —¿Y ese quién es? —respondí medio con desgano.
    
    —Un amigo, es mi tatuador.
    
    El bar era un agujero en la tierra. Oscuro, con luces rojas titilando. Gente descuidada, olor a cigarro impregnado en las paredes, cuerpos apretados y ese murmullo constante de vasos chocando. El escenario era una plataforma improvisada, pero cuando él apareció, todo se volvió nítido.
    
    Darío era una tormenta de voz ronca. Tenía el pelo largo pegado al cuello, una remera negra y la guitarra colgado. No sonreía. Apenas ...
    ... levantaba la vista entre los acordes.
    
    Después del show, el ambiente se espesó más. El aire tenía textura. Todo era lento, sucio, denso. Aye lo abrazó con ese desenfado que siempre me incomodó un poco.
    
    —Ella es Mey —le dijo, empujándome con el codo.
    
    —¿Tu hermana? —preguntó él, sin sacarme los ojos de encima.
    
    —La misma —contesté yo.
    
    Se me acercó lo justo. No invadía, pero me rodeaba. Como si su presencia me comiera los bordes.
    
    El bar giraba lento. Las luces rojas parpadeaban sobre su cara, dándole un aire de pecado impune.
    
    —¿Qué mirás? —preguntó.
    
    —Nada.
    
    —Mentira. Estás con la mirada en mí.
    
    No supe qué contestar. No me tocaba. No me apuraba. No me forzaba. Pero estaba metido en mi cabeza.
    
    Me incliné un poco hacia él de forma inconsciente.
    
    —¿Qué te pasa? —le dije, como queriendo sonar desafiante.
    
    —Nada. Pero a tu cuerpo sí.
    
    —¿Y qué te dice?
    
    —Que quiere ser besado lento.
    
    Casi se me cae el vaso. Lo miré fijo. No sé qué expresión tenía yo, pero él sonrió. Quise decirle algo, pero en ese momento, una canción nueva empezó a sonar. La gente empezó a bailar. Y él, antes de irse, me dijo una última frase que me desconcertó.
    
    —Te vas a acordar de esta noche cada vez que te metas los dedos entre las piernas.
    
    Darío se había ido a otro rincón del bar, entre risas, tragos y cigarrillos. Yo todavía sentía su voz rebotando en mí. Necesitaba aire, una distracción o algo que me saque ese calor pegajoso del cuerpo.
    
    Me acerqué a Aye, que estaba ...
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