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Fue solo un susto...
Fecha: 26/12/2025, Categorías: Hetero Autor: MeyLicha, Fuente: CuentoRelatos
... encendiendo un faso. —Che… ¿Ese Darío siempre es así? —le dije, intentando sonar casual, como si no me estuviera comiendo la cabeza desde que me habló al oído. Ayelén me miró de reojo, largó el humo con una sonrisa torcida y dijo: —¿Así cómo? —Así… seductor, medio misterioso. Se rio fuerte. —Es su especialidad. Según él, tiene un máster en minas. Pero ojo… es un caso perdido. Es de los que te comen una vez y después se evapora. —¿Y vos? ¿Nunca pasó nada entre ustedes? —¡Ay no! ¿Qué decís? Es amigo. Me tatuó un par de veces, salimos a ver bandas, fumamos… pero ni ahí. Aparte, es más imbécil que la mierda. ¿Por qué carajo me afectaba tanto lo que decía? ¿Por qué esa advertencia me pinchaba justo donde no quería sentir? Me alejé un poco. No quería seguir escuchando. Salí afuera con el celu en la mano. Necesitaba grabar un audio, decirle a alguna amiga que me sentía rara… pero no grabé nada porque lo vi. Darío salió detrás mío. Se apoyó contra la pared con ese cuerpo largo y desprolijo. Me miró con esa calma que incomoda. —¿Viniste a refrescarte o a escapar de mí? Le sostuve la mirada. Quise hacerme la fría, pero sabía que mi cara me delataba. —Hasta que viniste vos estaba bien. —Dudo que estés bien. Tenés la cara de una mina que necesita que le muerdan el cuello. Me crucé de brazos. Él no se acercaba. Solo hablaba bajito, con ese tono grave que tenía. —¿Sabés qué? —dijo, como si pensara en voz alta— Vamos al baño. Cinco ...
... minutos. La pasamos piola y después seguís tomando tranquila. El cuerpo me tembló. No por miedo. Por el shock. —¿Y Aye? ¿No te parece desubicado? Es mi hermana, boludo. Él se encogió de hombros, como si no fuera tan grave. —Aye sería una buena tía para mis hijos. Ahí se me congeló el deseo de golpe. ¿Qué carajo acababa de decir? —Estás enfermo —le dije seca, con la voz baja pero firme—. Desubicado de mierda. Me di media vuelta y entré al bar caminando rápido, con la panza revuelta y la cabeza hecha un quilombo, y me acerqué a Aye. —Me quiero ir. Ella me miró, sorprendida. —¿Qué te pasó? —Nada. Me hinché. Estoy cansada. Me quiero ir. —Yo no me voy todavía —dijo, agarrando otra birra—. Tomá, pedite un Uber. Te doy plata. Me alcanzó unos billetes doblados y volvió a reírse con sus amigos. Yo los miré como si estuvieran en otro planeta. Quería escapar. Quería sacarme el olor a porro de la piel. Me fui hacia la salida, esquivando cuerpos, tragos derramados, charlas. Ya tenía el celular en la mano para pedir el auto cuando una mano me tocó el hombro. Me di vuelta, con el corazón latiendo como un bombo. —¿Te vas así nomás? Y ahí se me cerró la garganta, porque era él. Me quedé parada ahí, con el celular en la mano y el cuerpo tenso, respirando con algo que no era ni rabia ni deseo, sino pura contradicción. Darío me miraba como si hubiera esperado ese momento, como si todo estuviera calculado. Pero yo no tenía ganas de seguir analizando. ...