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Pasión en el cañaduzal
Fecha: 02/01/2026, Categorías: Lesbianas Autor: rincondelmorbo, Fuente: RelatosEróticos
Dos campesinas que se revuelcan en un cañaduzal Ya los había oído cantar varias veces, como si tuvieran un reloj interno se le oye a los gallos cantar cada cinco minutos. Se sentía ese frio que penetra hasta los huesos. Vuelve cantar nuevamente, ella se niega a levantarse pero el cielo se aclara y la luz empieza a entrar por la ventana, se da cuenta que es inútil quedarse más tiempo acostada y resignada se quita la cobija por partes, primero se destapa hasta la cintura, lucha contra las ganas de quedarse acostada, pero intempestivamente una idea penetra su mente: ¡Lucero!. Y a la porra vuela la pereza, el frío, se para como un rayo de la cama, abre la puerta de su cuarto y sale al corredor. La mañana esta opaca, todavía no se a disipado la neblina, de la cocina sabe el humo del fogón, sus ojos recorren todo el corredor y no la ven, la puerta de su cuarto también esta abierta; ¡diantres!, piensa al darse cuenta de que se demoró mucho tiempo en levantarse y que ella ya está en el baño. Si había algo que más le gustara por la mañana, era ver a Lucero por la mañana en su piyama, una bata que le llegaba hasta las rodillas y que hacía que se pudieran distinguir sus curvas en ella; Qué téticas tan deliciosas se podían ver, empujando la piyama hacía afuera, sus pezones se marcaban claramente, grandes, esponjosos, delicados; su cuello en ve dejaba que se vieran un poco, como invitando a los ojos a deleitarse con ellas y a veces como por una obra divina, cuando levantaba sus brazos ...
... se podía ver, por una fracción de segundo, por la manga de su piyama, una de sus hermosas téticas, que afortunada ella cuando eso pasaba, gracias a Dios Lucero odiaba dormir con brasieres, y como su piyama le quedaba tan ajustada, dejaba poco a su imaginación, y aunque no tenía unas tetas muy grandes, tenían suficiente tamaño y firmeza para llamar la atención. Pero como buena latina, lo que no tenía en tetas lo tenía en culo: qué firmeza, qué redondez, que tamaño tan imponente; la tela se metía entre sus nalgas y era poco lo que dejaba a la imaginación, que contoneo, parecía que esas dos nalgas cobraban vida al verla caminar. Y que hablar de esas caderas, dejaban ver el grosor de sus piernas; todo en ella la invitaba a verla, como algo magnético, que se imponía, que obligaba a apreciarlo. Su pelo negro, lizo, largo, de ojos pequeños, achinados, que la hacían ver tierna, de cejas gruesas, de pestañas largas, pies pequeños, hermosos, como los de una muñeca, y por último su piel blanca. Todos esos pequeños detalles eran para ella algo irresistible, lo que animaba sus mañanas. Lucero, Lucero, Lucero… Que ser tan irresistible, tan deseado, lastima que no se pudiera quedarla viendo eternamente, ya varías veces se había quedado embobada viéndola por mucho tiempo y se había topado con la mirada penetrante de Lucero, como en son de reclamo, de protesta al darse cuenta que la estaban reparando con una mirada lujuriosa. Por todas las veces que Lucero la había descubierto mirando su ...