1. Pasión en el cañaduzal


    Fecha: 02/01/2026, Categorías: Lesbianas Autor: rincondelmorbo, Fuente: RelatosEróticos

    ... cuerpo, ella se había aprendido a contentar con pequeñas miradas furtivas que recorrían su cuerpo en fracciones de segundos, reparándola de pies a cabeza; y es que de verdad era tan hermosa que ella la había deseado desde el primer momento en que la vio.
    
    Pero a destino el que tenía ella, consumiéndose en su deseo, conformándose con miradas de soslayo, masturbándose en las noches pensando en ella, imaginándosela desnuda, recorriendo su cuerpo, fantaseando con un mísero beso. Qué vida tan amarga, ella sabiéndose hundida en el pecado, atragantándose con sus pensamientos, viviendo con sus ideas en soledad, sin poder hablar con nadie; y es que era tal su obsesión por Lucero que a veces lloraba en la soledad de su cuarto, preguntándose por qué mi Dios no la hizo desear a los machos, los cuales no la hacían sentir el menor deseo; y ya varías veces había sido pretendida por los hombres y lo único que sacaban de ella era un completo y aburrido desprecio. En cambio por su Lucero: muñeca hermosa, cuantas atenciones tenía ella, como le brillaban los ojos cuando la miraba, como se le atragantaban las palabras al hablar con ella. Y qué más podía hacer, clavadas en lo profundo de la montaña, en lo profundo del bosque, viéndola día y noche, desde que amanecía hasta que anochecía. Desayunando juntas, almorzando juntas, comiendo juntas, trabajando juntas. Como se deleitaba ella peinándola –acercaba la nariz a su pelo y se deleitaba con su olor-, pintando sus uñas –sintiendo la ...
    ... suavidad de su piel-, oyéndola hablar de sus machos; que si fulanito me hizo ojitos, que si peranito me cogió la mano, que si sultanito me iba dar un beso… y ella la escuchaba, tragando su amargura, como le miraba esos labios fijamente, fantaseando con un beso, como la miraba a los ojos, fijo, profundamente; y en esa soledad estando solo ellas dos rodeadas de machos, como deseaba a veces ser ella uno de ellos para poderla cortejar como se merece. Pero no, ese pensamiento la llenaba de impotencia, ella sabía que la iba a desear en silencio por el resto de sus días y pensaba: ¡ahí mi Lucero, si supieras cuanto te deseo!
    
    Esa mañana, después de recorrer con su mirada todo el corredor y pensar que ya se había metido al baño, la vio salir de la cocina, con su piyamita ajustada, con sus pies descalzos, con sus pezoncitos hinchados –agradeciendo que estuviera haciendo tanto frio-, con la piel de gallina, con sus bellos parados, con su pelito desordenado, como la veía de hermosa, la había reparado de pies a cabeza, antes de saludarla
    
    -Cómo his’ta su mercé?
    
    -Con un frío de los mil demonios, y usté?
    
    -En las mismas
    
    Abrazo, pico en la mejilla –ella se conformaba aunque fura con esas migajas-, y eso la hacía tan feliz que tenía que reprimir su emoción , así que después del saludo matutino, siguió derecho y entró a la cocina a tomar los tragos antes del baño. Qué rico era sentir el calor de la leña del fogón después de haberla abrazado y sentir contra su pecho las téticas de ...
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