1. ¡La Concha de mi Hermana! [10]


    Fecha: 06/01/2026, Categorías: Incesto Autor: Nokomi, Fuente: TodoRelatos

    Capítulo 10.
    
    Discordia Familiar.
    
    Ni Katia ni yo estábamos en nuestro mejor momento con nuestra madre. La última vez que pisé esta casa, terminé saliendo en medio de una discusión. Y Katia… bueno, ella vivía acá hasta hace poco. Entiendo que a Patricia no le fascine la idea de convivir con una vaga que no trabaja, y que echarla del nido haya sido el empujoncito para que se dignara a buscar laburo. Pero eso no hizo que se llevaran mejor. Apenas logró que no se mataran. Esta cena, supuestamente, era un intento diplomático. Un alto el fuego con milanesas de por medio.
    
    Cuando Katia abrió la puerta, me invadió una sensación inesperada: paz.
    
    Una paz sospechosa.
    
    Entramos, y fue como meterse en una nube tibia de incienso y silencio zen. La luz flotaba suave, tamizada por lámparas de papel que parecían flotar como lunas apacibles. Las cortinas eran nuevas, vaporosas, de esas que se mueven con una brisa que ni existe. Había tantas plantas que por un momento sentí que estábamos entrando a un vivero boutique. Algunas colgaban desde estantes flotantes, otras se erguían sobre estructuras de bambú que parecían construidas para canalizar el aura del ficus en dirección a Saturno.
    
    —¿Siempre fue así este lugar? —pregunté, aunque la respuesta era obvia.
    
    —¡No! —exclamó Katia, visiblemente decepcionada—. Esto antes tenía vida. ¿Dónde están los calzones tirados en el sillón? ¿Y el paquete de papas a medio terminar? Esto parece un museo hippie, Abel. Falta algo que diga “acá vive ...
    ... una persona”. Falta… quilombo.
    
    Caminé unos pasos, con cuidado de no rozar ninguna maceta sagrada ni pisar sin querer un campo energético invisible. Admito que, aunque no comparto la estética de templo ayurvédico, el departamento había mejorado mucho. Nada parecía fuera de lugar. Todo estaba en su sitio. Como si alguien hubiera hecho feng-shui con una escuadra y un nivel.
    
    Se lo dije a Katia.
    
    No le gustó nada.
    
    —Obvio que a vos te iba a gustar. Si te encantan las casas que parecen salas de exposición. Se siente frío, Abel. Frío y… demasiado ordenado.
    
    Tuve que contenerme para no contestar “gracias”. Porque para mí eso es un halago. Pero me mordí la lengua, no quería hacer quilombo. Aún no habíamos ni cenado.
    
    Entonces apareció ella. Patricia. Nuestra madre.
    
    Llevaba puesto un vestido largo y suelto, cubierto de flores grandes en tonos tierra, como si lo hubiera elegido una tarde consultando los astros. Iba descalza, como siempre. Su figura era delgada, firme, como tallada por una rutina de yoga y meditación guiada. Llevaba una vincha tejida que le sujetaba el pelo lacio, castaño, con unas mechas rubias estratégicamente peinadas hacia atrás, como si acabara de salir de una clase de respiración consciente con cuencos tibetanos de fondo. Aros enormes, redondos, colgaban y se mecían con su andar lento y seguro, marcando el compás de su presencia.
    
    —¡Katia! —dijo, envolviéndola en un abrazo suave—. Qué lindo tenerte otra vez en casa.
    
    Me quedé observando. Y sí, ...
«1234...16»