1. Disfruta, Hermana


    Fecha: 06/01/2026, Categorías: Hetero Incesto Masturbación Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30

    Sentada en el mismo columpio oxidado, con las piernitas quietas y el chupete colgando de un hilo rosa. A veces la empujaban otros niños, a veces la dejaban sola, como si no existiera. Y yo, cada vez que la veía, pensaba lo mismo:
    
    ¿Quién deja a un bebé tan chiquito así, al aire libre?
    
    No hablaba. Ni lloraba.
    
    Solo me miraba con esos ojos húmedos y redondos.
    
    Me llamo Dianey. Tengo cincuenta y tres años, y esto ocurrió hace más de diez. No tengo marido, no tengo trabajo formal, y en esa época, caminaba todos los días hasta ese parque, más por costumbre que por placer. Es mi única rutina.
    
    A veces hablaba por teléfono con mi hermana.
    
    Nos decíamos lo justo. Ella tenía una vida armada: dos hijas, un esposo decente, casa propia. Siempre supo qué quería. Yo no.
    
    —No te metas, Dianey. Esa niña no es tuyo —me dijo un día, cuando le conté lo del bebé.
    
    —Y pareciera que no fuera de nadie —le respondí.
    
    Porque la mujer que la traía, si es que era su madre, no estaba bien. Dormía en la banca de concreto, envuelta en una cobija podrida. A veces andaba con botellas de plástico, a veces sin nada. Ni siquiera la miraba. Ella quedaba ahí, con su chupete, viendo a todos sin decir nada. Como si ya entendiera que nadie iba a hacerse cargo.
    
    Un sábado por la mañana, Marta y su esposo, Ramiro, pasaron por el parque con sus hijas. Íbamos a tomar café. Nos encontramos en la entrada, como siempre, pero esta vez los llevé directamente al columpio.
    
    —Es ella —dije, ...
    ... señalándola.
    
    Marta no dijo nada. La miró un segundo y desvió la vista.
    
    Ramiro, en cambio, se quedó parado a mi lado, observándola en silencio.
    
    —Así que es ella —dijo, más como confirmación que como pregunta.
    
    Yo asentí.
    
    —Marta me había contado, pero no imaginé que fuera tan pequeña. ¿Cuánto tiene? ¿Año y medio?
    
    —Tal vez menos.
    
    Él cruzó los brazos.
    
    —¿La sigues viendo todos los días?
    
    —Sí.
    
    —¿Y la madre?
    
    —Es esa que está allá —respondí, señalando con la cabeza hacia el árbol.
    
    La mujer estaba recostada, fumando, los ojos entrecerrados, como si todo le diera igual.
    
    —¿Siempre está así? —preguntó Ramiro.
    
    —Cuando la veo, sí. Pero a veces ni la ubico.
    
    Ramiro suspiró.
    
    —Dianey, no quiero meterme, pero sabes cómo pienso. Esto no puede terminar bien.
    
    —Ya lo sé —le dije.
    
    Ramiro se quedó en silencio. Marta también. Las niñas —Sofía, la mayor, y Lucía, de unos cinco años— corrían detrás de las palomas cerca del andén. No se habían dado cuenta de nada. O quizás sí, pero no preguntaban.
    
    Entonces ocurrió algo. Algo simple.
    
    Lucía, la más pequeña, se acercó al columpio, miró a la niña y le ofreció su muñeca.
    
    La bebé la miró. No la tomó. Pero tampoco la apartó.
    
    —¿Quién es, mamá? —preguntó Lucía.
    
    Marta no respondió.
    
    Yo sí.
    
    —Es una niña que necesita ayuda.
    
    Lucía me miró, luego a su madre, y asintió. Como si con eso bastara.
    
    Y ahí fue cuando lo supe.
    
    No era una corazonada. No era lástima.
    
    Era certeza.
    
    Me giré hacia ...
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