1. Disfruta, Hermana


    Fecha: 06/01/2026, Categorías: Hetero Incesto Masturbación Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30

    ... minutos después ya estaba eyaculando en la boca de su esposa, masivamente. Marta chupaba muy a gusto la verga de Ramiro, pero el sabor del semen nunca fue de su agrado, en muy raras ocasiones le permitía a él correrse en su boca o en su cara y fueron contadas aquellas en las que el semen bajo por su garganta. En esa ocasión el semen había sido tanto que sus mejillas se habían inflado, abrió la boca y una mezcla de semen espeso y saliva se resbalo por su barbilla y como si de un río se tratara cayo sobre sus tetas, el semen de Ramiro siguió un camino que lo llevó al pezón que había estado siendo usado por Nora.
    
    Ramiro y Marta miraban atentos como el semen se juntaba alrededor de los labios de la niña. Marta la separo pero Nora pataleo dando a entender que no tenía la intensión de alejarse de aquel pezón. Cuando volvió a poner la boca en el este ya se encontraba manchado de semen.
    
    Marta se mordió el labio y miro a Ramiro, cuya verga no había perdido dureza, como había pasado últimamente después de cada relación sexual, estaban excitados, ambos con el morbo de la situación.
    
    —Al final si tuvo leche para tomar. —Dijo Ramiro
    
    —Parece que a ella si le gusta tu semen mi amor
    
    Ramiro acercó su verga a la cara de Nora, Marta entendió sus intenciones y rápidamente cambio su pezón por la punta del pene de Ramiro. Nora chupó, pero no lo asimiló bien e intento quitarse pero Ramiro no lo permitió y le clavó el glande a la fuerza en su boca. Rápidamente se arrepintió ante el ...
    ... asomo de llanto de Nora y Marta volvió a calmarla con su pezón.
    
    La casa estaba en silencio.
    
    Ramiro había salido temprano con las niñas a la panadería, y Nora seguía dormida, tranquila, como si nada de lo ocurrido la noche anterior hubiera existido.
    
    Marta preparaba café. Cuando Dianey bajó, envuelta en una cobija, con los ojos todavía enrojecidos por la fiebre, ella ya tenía dos tazas listas sobre la mesa.
    
    —¿Cómo estás? —preguntó Marta.
    
    —Mejor. Mareada. Pero mejor. ¿Y ella?
    
    —Durmió toda la noche. Sigue durmiendo. Está bien.
    
    Dianey se sentó con cuidado. Agradeció el café con un gesto.
    
    Bebió un sorbo. Luego la miró.
    
    —¿Qué pasó anoche?
    
    Marta bajó la vista. Dudó. Luego habló, sin rodeos:
    
    —Te mentiría si te digo que fue fácil. No podíamos calmarla. Nada funcionaba. Buscaba tu pecho con desesperación.
    
    Dianey no respondió.
    
    —Entonces… me saqué la blusa y se lo ofrecí yo —dijo Marta, con la voz bajita, pero firme—. Sin leche, como tú. Solo piel. Calor. Y… se calmó. Al instante.
    
    Dianey la miró en silencio.
    
    No frunció el ceño.
    
    No se encogió.
    
    No se quebró.
    
    Solo respiró hondo.
    
    Y asintió.
    
    —Gracias.
    
    Marta parpadeó, confundida.
    
    —¿No estás… molesta?
    
    —¿Molesta? —repitió Dianey, con una media sonrisa—. No. Estoy aliviada.
    
    Porque Se quedaron calladas un momento.
    
    El sol entraba por la ventana de la cocina, tibio y limpio.
    
    Desde la sala llegó el murmullo de Nora, que empezaba a despertar.
    
    —Vamos a verla —dijo Marta, ...
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