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Arena y sal en la piel - 07:14
Fecha: 07/01/2026, Categorías: Gays Autor: Nick, Fuente: TodoRelatos
... eso: placer. Tras varios minutos sorteando rocas, finalmente, al ascender a lo alto de una enorme piedra, lo veo. Es el lugar más hermoso que he visto nunca. Mejor de cómo me lo había imaginado. Desde mi posición actual tengo a la vista una estampa maravillosa. El mar rompiendo a lo largo de unos doscientos metros de costa delimitada por unas altas paredes de roca blanca, totalmente verticales, que serpentean muy próximas al mar dibujando dos calas de arena fina y dorada, separadas entre sí por un entrante de rocas. La primera cala es acogedora, estrecha y de unos cincuenta metros de longitud, abrazada por una pared de roca que a esta hora cubre de sombra prácticamente toda la arena. Tras ella se extiende la segunda de las calas, mucho más larga, quizá algo más de unos ciento cincuenta metros, un poco más ancha y prácticamente recta. Al final de esta cala, la pared de piedra que sirve de telón de fondo —y que alcanza más altura aquí que en la primera cala— avanza abruptamente hacia el mar, creando unos acantilados con un pequeño desfiladero que, según mis informaciones, dan acceso a una tercera y última zona, la más discreta, que no alcanzó a ver en su totalidad desde aquí. Lo que sí puedo ver son otros acantilados, que cierran la tercera cala poniendo fin a este paisaje idílico, sin dejarme ver qué más hay detrás. De un salto desciendo hasta la arena. Estoy solo. Absolutamente solo. Eso me provoca una mezcla extraña de sentimientos: por un lado siento emoción, como si ...
... estuviera descubriendo un paraje virgen, pero por el otro pienso que no es soledad lo que he venido a buscar aquí. Escondo mi mochila en un hueco de la pared de roca, no sin antes sacar del bolsillo unas gafas de buceo y colocármelas en el rostro, para dirigirme después al mar. Me adentro lentamente en el agua, sintiendo cómo la piel se me eriza al primer contacto. Está deliciosa. La costa desciende muy suavemente, obligándome a caminar un buen trecho antes de que el agua me abrace los muslos. Entonces, sin pensarlo demasiado, me zambullo, rompiendo con mi cuerpo la superficie. Bajo el agua, el murmullo de las olas se transforma en un susurro distante y la luz del sol se filtra desde la superficie, descomponiéndose en haces temblorosos que iluminan el fondo, totalmente transparente, repleto de peces diminutos y casi transparentes que nadan a mi alrededor con una confianza insultante. Nado hacia los acantilados por los que llegué, descubriendo allí un pequeño reino sumergido. Regreso a la superficie y vuelvo a sumergirme una y otra vez. Una, dos, tres, cuatro... Durante unos minutos, el mar consigue lo que nada más había logrado: despejar mi mente por completo. Luego vuelvo a la orilla y me vuelvo a impacientar. Es como si mi cuerpo estuviera a ciento cincuenta por hora pero esa playa estuviera aún despertándose. Me tiro al suelo y me pongo como loco a hacer unas flexiones. Ahora unas abdominales. Ahora una plancha. Ahora me pongo en pie y me estiro… Miro alrededor. Sigo ...