1. Mi sobrino me quita la tanga frente a mi novio


    Fecha: 07/01/2026, Categorías: Incesto Autor: Princesa cruel, Fuente: TodoRelatos

    ... era así.
    
    Lo vi buscar algo en la mesa de luz: un caramelo de menta. Era su marca registrada.
    
    Se lo metió en la boca, y ya sabía lo que venía después. Fabricio era muy hábil en el sexo oral, demasiado hábil para ser hombre. Era el juguete sexual perfecto. Sabía escuchar mi cuerpo, seguir mis ritmos, tomarse su tiempo.
    
    Enzo, en cambio, me veía a mí como un juguete para él. Como un trofeo, una presa. Fabricio era exactamente lo contrario. Pero en esa comparación, mi cabeza no dejaba de preguntarse qué pasaría si esa bestia de 18 años estuviera ahora entre mis piernas.
    
    Entonces, Fabricio se metió entre mis muslos como si fuera su lugar natural, su altar.
    
    Primero, con una delicadeza casi absurda para la calentura que yo sentía, me quitó la tanga. La bajó despacio, rozando mis muslos con sus dedos tibios, y la dobló con cuidado antes de dejarla sobre la mesita de luz, como si estuviera manejando algo sagrado.
    
    Después me levantó el camisón de seda hasta la cintura y se quedó mirándome.
    
    —Qué hermosa concha tenés —murmuró, con esa voz grave que siempre usaba cuando se excitaba.
    
    Yo sonreí. Siempre me lo decía.
    
    Entonces, sin tocarme todavía, largó su aliento fresco, mentolado, directo sobre mi sexo.
    
    Ese simple gesto me hizo estremecer como si me hubiera electrificado.
    
    Fabricio sabía que yo era hipersensible. Lo había descubierto al principio, cuando estábamos empezando. Cualquier caricia, cualquier roce, en mí era un estallido multiplicado por mil. ...
    ... Durante años creí que era algo normal, que todas las mujeres sentían igual. Después entendí que no, que yo era distinta. Yo me encendía con nada. Y eso era peligroso.
    
    Extendió las manos y me tomó de las muñecas, sujetando mi cuerpo sobre el colchón. Esa forma suya de “mantenerme quieta” siempre me excitó más.
    
    —Estás muy húmeda —murmuró, apenas rozando sus labios con la piel de mis muslos.
    
    —Callate y hacé lo tuyo —le dije, con malicia.
    
    Arrimó el rostro y comenzó.
    
    Su lengua se deslizó con lentitud sobre mi vulva, saboreando cada gota de mi flujo, como si estuviera probando el mejor vino de su vida.
    
    Yo me estremecí y arqueé la espalda, mientras mis manos, libres por un instante, fueron a enredarse en su cabello.
    
    Me encantaba cuando se tomaba su tiempo, cuando primero jugaba con mis muslos, dando pequeños besos húmedos, mordisqueando la cara interna, subiendo y bajando, como provocando el lugar exacto que quería atacar.
    
    Lo sentí chuparme un muslo con fuerza, dejando un chupón suave, como una marca invisible. Luego, otra vez, el aliento frío y mentolado golpeó mi sexo. Ese contraste entre frío y calor, entre expectativa y contacto, me estaba matando de placer.
    
    —Qué caliente que estás… —susurró.
    
    —Callate y seguí —le ordené, con la voz ronca.
    
    Él sonrió, obediente, y dejó caer la lengua sobre mi clítoris.
    
    Al primer roce, un escalofrío me recorrió la columna. Mi pelvis se movió por instinto, empujando hacia su boca, como si mi cuerpo supiera exactamente ...
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